Mis jóvenes y brillantes amigos de la Sociedad Argentina de
Defensa de la Tradición, Familia y Propiedad me pidieron, para esta nueva
edición de Revolución y
Contra-Revolución, un prólogo sobre los puntos de contacto de este libro con
el Tratado de la Verdadera Devoción a
la Santísima Virgen de San Luis María Grignion de Montfort.
Muchos son hoy - fuera de los
medios progresistas, es claro - los católicos que conocen y admiran la obra del
fogoso y gran misionero popular del siglo XVIII.
Nació en Montfort-sur-Meu o
Montfort-la-Cane (Bretaña) en el año 1673. Ordenado sacerdote en 1700, se
dedicó, hasta su muerte en el año de 1716, a predicar misiones a las poblaciones
rurales y urbanas de Bretaña, Normandía, Poitou, Vendée, Aunis, Saintonge,
Anjou, Maine. Las ciudades en que predicó, inclusive las más importantes,
vivían en gran medida de la agricultura
y estaban profundamente marcadas por la vida rural. De suerte que San Luis
María, si bien no haya predicado en forma exclusiva a campesinos, puede ser
considerado esencialmente un apóstol de poblaciones rurales.
En sus prédicas, que en
términos modernos podrían ser llamadas “aggiornate”, no se limitaba a enseñar
la doctrina católica de modo que sirviesen para cualquier época y cualquier
lugar, sino que sabía dar realce a los puntos más necesarios para los fieles
que lo oían.
El género de su
“aggiornamento” dejaría probablemente desconcertados a muchos de los prosélitos
del aggiornamento moderno. No veía los
errores de su tiempo como meros frutos de equívocos intelectuales, oriundos de
hombres de insospechable buena fe: errores que por esto mismo serían siempre
disipados por un diálogo diestro y ameno.
Capaz del diálogo afable y
atrayente, no perdía de vista, sin embargo, toda la influencia del pecado
original y de los pecados actuales, así como la acción del príncipe de las
tinieblas, en la génesis y en el desarrollo de la inmensa lucha movida por la
impiedad contra la Iglesia y la Civilización Cristiana.
La célebre trilogía demonio,
mundo y carne, presente en las reflexiones de los teólogos y misioneros de
buena ley en todos los tiempos, él la tenía en vista como uno de los elementos
básicos para el diagnóstico de los problemas de su siglo. Y así, conforme las
circunstancias lo pedían, sabía ser ora suave y dulce, como un ángel-mensajero
de la dilección o del perdón de Dios, ora batallador e invicto, como un ángel
incumbido de anunciar las amenazas de la Justicia Divina contra los pecadores
rebeldes y endurecidos. Ese gran apóstol supo alternadamente dialogar y
polemizar, y en él el polemista no impedía la efusión de las dulzuras del Buen
Pastor, ni la mansedumbre pastoral aguaba los santos rigores del polemista.
Estamos, con este ejemplo,
bien lejos de ciertos progresistas para quienes todos nuestros hermanos
separados, heréticos o cismáticos, serían necesariamente de buena fe, engañados
por meros equívocos, de suerte que polemizar con ellos sería siempre un error y
un pecado contra la caridad.
La sociedad francesa de los
siglos XVII y XVIII (nuestro Santo vivió, como vimos, en el ocaso de uno y en
las primeras décadas del otro) estaba gravemente enferma. Todo la preparaba
para recibir pasivamente la inoculación de los gérmenes del Enciclopedismo y
desmoronarse enseguida en la catástrofe de la Revolución Francesa.
Presentando aquí un cuadro
circunscrito de ella y, por tanto, forzosamente muy simplificado
-indispensable, sin embargo, para comprender la prédica de nuestro Santo- puede
decirse que en las tres clases sociales, clero, nobleza y pueblo, preponderaban
dos tipos de alma: los laxos y los rigoristas. Los laxos, tendientes a una vida
de placeres que llevaba a la disolución y al escepticismo. Los rigoristas,
propensos a un moralismo yerto, formal
y sombrío, que llevaba a la desesperación cuando no a la rebelión. Mundanismo y
jansenismo eran los dos polos que ejercían una nefasta atracción, inclusive en
medios reputados como los más piadosos y moralizados de la sociedad de
entonces.
Uno y otro -como tantas veces
sucede con los extremos del error- llevaban a un mismo resultado. En efecto,
cada cual por su camino apartaban las almas del sano equilibrio espiritual de
la Iglesia. Esta, efectivamente, nos predica en admirable armonía la dulzura y
el rigor, la justicia y la misericordia. Nos afirma por un lado la grandeza
natural auténtica del hombre -sublimada
por su elevación al orden sobrenatural y su inserción en el Cuerpo Místico de
Cristo- y por otro lado nos hace ver la miseria en que nos lanzó el pecado
original, con toda su secuela de nefastas consecuencias.
Nada más normal que la
coligación de los errores extremos y contrarios frente el apóstol que predicaba
la doctrina católica auténtica: el verdadero contrario de un desequilibrio no
es el desequilibrio opuesto, sino el equilibrio. Y así, el odio que anima los
secuaces de los errores opuestos no los arroja unos contra otros, sino que los
lanza contra los Apóstoles de la Verdad. Máxime cuando esa verdad es proclamada
con una vigorosa franqueza, poniendo en realce los puntos que discrepan más
agudamente con los errores en boga.
Exactamente así fue la prédica de San Luis María Grignion de
Montfort. Sus sermones, pronunciados en general ante grandes auditorios
populares, culminaban, no pocas veces, en verdaderas apoteosis de contrición,
de penitencia y de entusiasmo. Su palabra clara, llameante, profunda,
coherente, sacudía las almas ablandadas por los mil grados de molicie y
sensualidad que en aquella época se difundían desde las clases altas hacia los
demás estratos de la sociedad.
Al fin de sus sermones,
frecuentemente los oyentes reunían en la plaza pública pirámides de objetos
frívolos o sensuales y de libros impíos, a los cuales encendían fuego. Mientras
ardían las llamas, nuestro infatigable misionero hacía nuevamente uso de la
palabra, incitando al pueblo a la austeridad.
Esta obra de regeneración
moral tenía un sentido fundamentalmente sobrenatural y piadoso. Jesucristo
crucificado, su Sangre preciosa, sus Llagas sacratísimas, los Dolores de María
eran el punto de partida y el término de su prédica. Por esto mismo promovió en
Pont-Château la construcción de un gran Calvario que debería ser el centro de
convergencia de todo el movimiento espiritual suscitado por él.
En la Cruz veía nuestro Santo
la fuente de una superior sabiduría, la Sabiduría cristiana, que enseña al
hombre a ver y amar en las cosas creadas manifestaciones y símbolos de Dios; a
sobreponer la Fe a la razón orgullosa, la Fe y la recta razón a los sentidos
rebelados, la moral a la voluntad desordenada, lo espiritual a lo material, lo
eterno a lo contingente y transitorio.
Pero este ardoroso predicador
de la genuina austeridad cristiana nada tenía de la austeridad taciturna,
biliosa y estrecha de un Savonarola o de un Calvino. Ella era suavizada por una
tiernísima devoción a Nuestra Señora.
Puede decirse que nadie llevó más alto que él la devoción a la
Madre de Misericordia. Nuestra Señora, en cuanto Mediadora necesaria -por
eleccción divina- entre Jesucristo y los hombres, fue el objeto de su continuo
“enlevo” (*), el tema que suscitó sus meditaciones más profundas, más
originales. Ningún crítico serio puede negarles la calificación de
inspiradamente geniales. En torno de la Mediación Universal de María- hoy
verdad de Fe- San Luis María Grignion de Montfort construyó toda una mariología que es el mayor monumento de
todos los siglos a la Virgen Madre de Dios.
(*) Nota: La palabra
portuguesa “enlevo” carece de equivalente en castellano; por ello, por la
fuerza de expresión que el vocablo tiene y para no restar énfasis a lo que el
autor ha querido significar, hemos preferido mantenerla en el idioma original.
Significa elevación o vuelo de alma o del espíritu, encanto, éxtasis,
arrobamiento, deleite, maravillamiento.
Estos son los principales
rasgos de su admirable prédica.
Toda esta prédica está
condensada en los tres trabajos principales escritos por el Santo: la Carta Circular a los Amigos de la Cruz ,
el Tratado de la Divina Sabiduría y el Tratado de la Verdadera Devoción a la
Santísima Virgen , una especie de trilogía admirable, toda de oro y de fuego,
de la cual se destaca, como obra prima entre las obras primas, el Tratado de la Verdadera Devoción a la
Santísima Virgen .
Por estas obras podemos darnos
cuenta de la substancia de la prédica de San Luis María Grignion de Montfort.
* * *
Nuestro Santo fue un gran
perseguido. Este rasgo de su existencia es realzado por todos sus biógrafos
(*).
(*) Nota: Entre sus numerosas
biografías, citamos las siguientes:
Obras de San Luis María Grignion de Montfort , BAC, Madrid, tomo 111,
preparada por el P. Camilo Abad, S.J.
Louis Le Crom, Un apôtre marial Calvaire de Montfort, Pont-Château. Mons.
Laveille, Le Bienheureux Louis Marie
Grignion de Montfort d' après des
documents inédits , 1907, Pouisselgue.
Un vendaval furioso, movido
por los mundanos, por los escépticos enfurecidos ante tanta Fe y tanta
austeridad y por los jansenistas indignados ante una devoción insigne a Nuestra
Señora, de la cual dimanaba una suavidad inefable, se irguió contra su prédica.
De ahí se originó un torbellino que levantó contra él, por así decir, a toda
Francia.
No pocas veces, como sucedió
en 1705 en la ciudad de Poitiers, sus magníficos “autos de fe” contra la inmoralidad
fueron interrumpidos por orden de autoridades eclesiásticas, quienes evitaban
así la destrucción de esos objetos de perdición. En casi todas las diócesis de
Francia le fue negado el uso de órdenes. Después de 1711, sólo los Obispos de
La Rochelle y de Luçon le permitieron
la actividad misionera. Y, en 1710, Luis XIV ordenó la destrucción del Calvario
de Pont-Château.
Ante ese inmenso poder del
mal, nuestro Santo se reveló profeta. Con palabras de fuego, denunció los
gérmenes que minaban la Francia de entonces y vaticinó una catastrófica
subversión que de ellos habría de derivar (cfr. “El Reino de María, realización
del mundo mejor”, “Catolicismo”, número 55, junio de 1955). El siglo en que San Luis María murió no
terminó sin que la Revolución Francesa confirmase de modo siniestro sus
previsiones.
Hecho al mismo tiempo
sintomático y entusiasmante: las regiones en donde nuestro Santo tuvo libertad
de predicar su doctrina y en las cuales las masas humildes lo siguieron, fueron
aquellas en que los chouans se
levantaron, armas en mano, contra la
impiedad y la subversión. Eran los descendientes de los campesinos que habían
sido misionados por el gran Santo, y preservados así de los gérmenes de la
Revolución.
Del nexo entre la obra maestra
de este gran Santo y el contenido de nuestro ensayo -tan disminuído por la comparación- es que nos debemos ocupar.
* * *
Comencemos por exponer aquí
algunos pensamientos contenidos en Revolución y Contra-Revolución.
La Revolución es presentada en
él como un inmenso proceso de tendencias, doctrinas, de tranformaciones
políticas, sociales y económicas, derivado en último análisis -estaría tentado
a decir en ultimísimo análisis- de una deterioración moral nacida de dos vicios
fundamentales: el orgullo y la impureza, que suscitan en el hombre una
incompatibilidad profunda con la doctrina católica.
En efecto, la Iglesia Católica tal como es, la doctrina que
enseña, el universo que Dios creó y que podemos conocer tan espléndidamente a
través de sus prismas, todo eso excita en el hombre virtuoso, puro y humilde un
profundo “enlevo”. El siente alegría al
considerar que la Iglesia y el universo son como son.
Pero si una persona cede en
algo a los vicios del orgullo o de la impureza, comienza a crearse en ella una
incompatibilidad con varios aspectos de la Iglesia o del orden del Universo.
Esa incompatibilidad puede comenzar, por ejemplo, con una antipatía con el
carácter jerárquico de la Iglesia, después desdoblarse y alcanzar a la
jerarquía de la sociedad temporal, para más tarde manifestarse en relación al
orden jerárquico de la familia. Y así, una persona puede, por varias formas de
igualitarismo, llegar a una posición metafísica de condenación de toda y
cualquier desigualdad, y del carácter jerárquico del Universo. Sería el efecto
del orgullo en el campo de la metafísica.
De modo análogo se puede
delinear las consecuencias de la impureza en el pensamiento humano. El hombre
impuro, por regla general, comienza por tender hacia el liberalismo: lo irrita
la existencia de un precepto, de un
freno, de una ley que circunscriba el desborde de sus sentidos. Y, con
esto, toda ascesis le parece antipática. De esa antipatía, naturalmente, viene
una aversión al propio principio de autoridad, y así sucesivamente. El anhelo
de un mundo anárquico -en el sentido etimológico de la palabra- sin leyes ni
poderes constituídos, y en el cual el propio Estado no sea sino una inmensa
cooperativa, es el punto extremo del liberalismo generado por la impureza.
Tanto del orgullo cuanto del
liberalismo nace el deseo de igualdad y libertad totales, que es la médula del
comunismo.
A partir del orgullo y de la impureza se van formando los
elementos constitutivos de una concepción diametralmente opuesta a la obra de
Dios. Esa concepción, en su aspecto final, ya no difiere de la católica
solamente en uno u otro punto. A medida que, a lo largo de las generaciones,
esos vicios se van profundizando y volviendo más acentuados, se va
estructurando toda una concepción gnóstica y revoluciónaria del Universo.
La individuación, que para la gnosis es el mal, es un principio de
desigualdad. La jerarquía -cualquiera que sea- es hija de la individuación. El
universo según el gnóstico se rescata
de la individuación y de la desigualdad en un proceso de destrucción del “yo”,
que reintegra a los individuos en el gran Todo homogéneo. La realización,
entre los hombres, de la igualdad
absoluta, y de su corolario, la libertad completa -en un orden de cosas
anárquico- puede ser vista como una etapa preparatoria de esa reabsorción total.
No es difícil notar desde esta
perspectiva un nexo entre gnosis y comunismo.
Así, la doctrina de la
Revolución es la gnosis, y sus causas últimas tienen sus raíces en el orgullo y
en la sensualidad. Dado el carácter moral de estas causas, todo el problema de
la Revolución y de la Contra-Revolución es, en el fondo, y principalmente, un
problema moral. Lo que se dice en Revolución y Contra-Revolución es que, si no
fuese por el orgullo y la sensualidad, la Revolución como movimiento organizado
en el mundo entero no existiría, no sería posible.
Ahora bien, si en el centro del problema de la Revolución y de la
Contra-Revolución hay una cuestión moral, hay también y eminentemente una cuestión religiosa, porque todas las
cuestiones morales son substancialmente religiosas. No hay moral sin religión.
Una moral sin religión es lo más inconsistente que se pueda imaginar. Todo
problema moral es, pues, fundamentalmente religioso. Siendo así, la lucha entre
la Revolución y la Contra-Revolución es una lucha que, en su esencia, es
religiosa. Si es religiosa, si es una crisis moral lo que da origen al espíritu
de la Revolución, entonces esa crisis sólo puede ser evitada o remediada con el
auxilio de la gracia.
Es un dogma de la Iglesia que
los hombres no pueden, sólo con los recursos naturales, cumplir durablemente y
en su integridad los preceptos de la moral católica, sintetizados en la Antigua
y en la Nueva Ley. Para cumplir los mandamientos, es necesaria la ayuda de la
gracia.
Por otro lado, si el hombre
cae en estado de pecado, acumulándose en él las apetencias por el mal, a fortiori no conseguirá levantarse del
estado en que cayó, sin el socorro de la gracia.
Proviniendo de la gracia toda preservación moral verdadera o toda
regeneración moral auténtica, es fácil ver el papel de Nuestra Señora en la
lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución. La gracia depende de Dios;
sin embargo, Dios, por un acto libre de Su voluntad, quiso hacer depender de
Nuestra Señora la distribución de las gracias. María es la Medianera Universal,
es el canal por donde pasan todas las gracias. Por lo tanto, su auxilio es
indispensable para que no haya Revolución, o para que ésta sea vencida por la
Contra-Revolución.
En efecto, quien pide la
gracia por intermedio de Ella, la obtiene. Quien intentare conseguirla sin el
auxilio de María no la obtendrá. Si los hombres, recibiendo la gracia,
corresponden a ella, está implícito que la Revolución desaparecerá. Por lo
contrario, si no correspondieren a ella, es inevitable que la Revolución surja
y triunfe. Por lo tanto, la devoción a Nuestra Señora es condición sine qua non para que la Revolución sea
aplastada, para que venza la Contra-Revolución.
Insisto en lo que acabo de
afirmar. Si una Nación fuere fiel a las gracias necesarias y suficientes que
recibe de Nuestra Señora, y si se generalizara en ella la práctica de los
Mandamientos, es inevitable que la sociedad se estructure bien. Porque con la
gracia viene la sabiduría, y, con ésta, todas las actividades del hombre entran
en sus cauces.
Ello se comprueba en cierto
modo al analizar el estado en que se encuentra la civilización contemporánea.
Construída sobre un rechazo de la gracia, alcanzó algunos resultados
estrepitosos que, sin embargo, devoran al hombre. La actual civilización es nociva
para el hombre en la medida en que tiene por base el laicismo y viola en varios
aspectos el Orden Natural enseñado por la Iglesia.
Siempre que la devoción a Nuestra Señora sea ardorosa, profunda y
de rica substancia teológica, es claro que la oración de quien pida será
atendida. Las gracias lloverán sobre quien reza a Ella devota y asiduamente.
Si, por el contrario, esa devoción fuere falsa o tibia, manchada por
restricciones de sabor jansenista o protestante, hay grave riesgo de que la
gracia sea dada con menos largueza, porque encuentra por parte del hombre
nefastas resistencias. Lo que se dice del hombre puede decirse, mutatis mutandis , de la familia, de una
región, de un país o de cualquier otro grupo humano.
Es costumbre decir que, en la
economía de la gracia, Nuestra Señora es el cuello del Cuerpo Místico del cual
Nuestro Señor Jesucristo es la Cabeza, porque todo pasa por Ella. La imagen es
enteramente verdadera en la vida espiritual. Un individuo que tiene poca
devoción a Nuestra Señora es como alguien que tiene una cuerda atada al cuello
y conserva apenas un resto de respiración. Cuando no tiene devoción alguna, se
asfixia. Teniendo una gran devoción, en cambio, el cuello queda completamente
libre y el aire penetra abundantemente en los pulmones, pudiendo el hombre
vivir normalmente.
La esterilidad y hasta la
nocividad de todo lo que se hace contra la acción de la gracia y la enorme
fecundidad de lo que se hace con su auxilio, determinan bien la posición de
Nuestra Señora en ese combate entre la Revolución y la Contra-Revolución, pues
la intensidad de las gracias recibidas por los hombres depende de la mayor o
menor devoción que a Ella tuvieren.
Una visión de la Revolución y
de la Contra-Revolución no puede quedar sólo en estas consideraciones. La
Revolución no es el fruto de la mera maldad humana. Esta última abre las
puertas al demonio, por el cual se deja estimular, exacerbar y dirigir.
Es, pues, importante
considerar en esta materia la oposición entre Nuestra Señora y el demonio. El
papel del demonio en la eclosión y en los progresos de la Revolución fue
enorme. Como es lógico pensar, una explosión de pasiones desordenadas tan
profunda y tan general como la que originó la Revolución, no habría ocurrido
sin una acción preternatural. Además, sería difícil, sin el concurso del
espíritu del mal, que el hombre alcanzase los extremos de crueldad, de impiedad
y de cinismo a los cuales la Revolución llegó varias veces a lo largo de su
historia.
Ahora bien, ese tan fuerte
factor de propulsión depende totalmente de Nuestra Señora. Basta que Ella
fulmine un acto de imperio sobre el infierno para que éste se estremezca, se
confunda, se recoja y desaparezca de la escena humana. Al contrario, basta que
Ella, para castigo de los hombres, deje al demonio un cierto margen de acción,
para que la misma progrese. Por lo tanto, los enormes fautores de la Revolución
y de la Contra-Revolución, que son respectivamente el demonio y la gracia,
dependen de su imperio y su dominio.
La consideración de este
soberano poder de Nuestra Señora nos aproxima a la idea de la Realeza de María.
Es preciso no ver esa realeza como un título meramente decorativo. Aunque
sumisa en todo a la voluntad de Dios, la realeza de Nuestra Señora implica un
auténtico poder de gobierno personal.
Tuve ocasión de emplear cierta
vez, en una conferencia, una imagen que facilita comprender el papel de Nuestra
Señora como Reina.
Imagínese un director de
colegio con alumnos muy insubordinados, a quienes los castiga con una autoridad
de hierro. Después de haberlos sometido al orden, se retira diciendo a su
madre: “Sé que gobernaréis este colegio de modo diferente de como lo estoy
haciendo ahora. Vos tenéis un corazón materno. Habiendo castigado yo a estos
alumnos, quiero ahora que los gobernéis con dulzura”. Esa señora va a
dirigir el colegio como el director
quiere, pero con un método diverso del usado por éste. La actuación de ella es
distinta de la de él, pero, no obstante, ella hace enteramente la voluntad de
él.
Ninguna comparación es exacta.
Sin embargo, juzgo que bajo cierto
aspecto esta imagen nos ayuda a entender el asunto.
Análogo es el papel de Nuestra
Señora como Reina del Universo. Nuestro Señor le dio un poder regio sobre toda
la Creación; su misericordia, sin incurrir en exageración alguna, llega sin
embargo al extremo. El la colocó como Reina del Universo para gobernarlo,
teniendo en vista especialmente al pobre género humano decaído y pecador. Y es
su voluntad que Ella haga lo que El no quiso hacer por Sí mismo, sino por medio
de Ella, regio instrumento de su Amor.
Hay, pues, un régimen
verdaderamente marial en el gobierno del Universo. Y así se ve cómo Nuestra
Señora, aunque sumamente unida a Dios y dependiente de El, ejerce su acción a
lo largo de la Historia. Es evidente que Nuestra Señora es infinitamente
inferior a Dios, pero El quiso darle ese papel por un acto de liberalidad. Es
Nuestra Señora quien, distribuyendo, ora más abundantemente la gracia, ora
menos, frenando ora más ora menos la acción del demonio, ejerce su realeza
sobre el curso de los acontecimientos terrenos.
En ese sentido, depende de
Ella la duración de la Revolución y la victoria de la Contra-Revolución. Además
de eso, a veces Ella interviene directamente en los acontecimientos humanos,
como lo hizo, por ejemplo, en Lepanto. ¡Cuán numerosos son los hechos de la
Historia de la Iglesia en que quedó clara su intervención directa en el curso
de las cosas! Todo esto nos hace ver hasta qué punto es efectiva la Realeza de
Nuestra Señora.
Cuando la Iglesia canta a su
respecto: “Tú sola exterminaste las herejías del Universo entero”, dice que su
papel en ese exterminio fue en cierto modo único. Eso equivale a decir que Ella
dirige la Historia, porque quien dirige el exteriminio de las herejías, dirige
el triunfo de la ortodoxia, y dirigiendo una y otra, dirige la Historia en lo
que tiene de más medular.
Habría un interesante trabajo de Historia para hacer: demostrar
que el demonio comienza a vencer cuando consigue que disminuya la devoción a
Nuestra Señora. Eso se dio en todas las épocas de decadencia de la Cristiandad,
en todas las victorias de la Revolución. Ejemplo característico es el de Europa
antes de la Revolución Francesa. La devoción a Nuestra Señora en los países
católicos fue prodigiosamente disminuida por el jansenismo y es por eso que
quedaron como un bosque combustible donde una simple chispa puso fuego a todo.
Estas y otras consideraciones sacadas de la enseñanza de la
Iglesia abren perspectivas para el Reino de María, es decir, una era histórica
de Fe y de virtud que será inaugurada con una victoria espectacular de Nuestra
Señora sobre la Revolución.
En esa era el demonio será
expulsado y volverá a los antros infernales y Nuestra Señora reinará sobre la
humanidad por medio de las instituciones que para eso escogió. En la
perspectiva del Reino de María, encontramos en la obra de San Luis María
Grignion de Montfort algunas alusiones dignas de nota.
El es sin duda un profeta que anuncia esa venida, de la cual habla
expresamente: “¿Cuándo vendrá ese
diluvio de fuego, de puro amor que debéis encender sobre toda la tierra de
manera tan dulce y tan vehemente que todas las naciones, los turcos, los
idólatras, los propios judíos se abrasarán en él y se convertirán?” (Cfr.
“Oración Abrasada”, in “Obras Completas
de San Luis María Grignion de Montfort”, Ed. BAC, pág. 600).
Ese diluvio que va a lavar la
humanidad, inaugurará el Reino del Espíritu Santo que él identifica con el
Reino de María. Nuestro Santo afirma que va a ser una era de florecimiento de
la Iglesia como hasta entonces nunca hubo. Llega incluso a afirmar que “el Altísimo con su Santísima Madre, deben
formar grandes Santos que sobrepujarán en santidad la mayoría de los otros
Santos, como los cedros del Líbano exceden a los pequeños arbustos” (Cfr.
“Obras Completas de San Luis María Grignion de Montfort”, ibid., pág. 464).
Considerando los grandes
Santos que la Iglesia ya produjo, quedamos deslumbrados con la envergadura de
los que surgirán al aliento de Nuestra Señora. Nada es más razonable que
imaginar un crecimiento enorme de la santidad en una era histórica en la cual
la actuación de Nuestra Señora aumente también prodigiosamente.
Podemos, pues, decir que San
Luis María Grignion de Montfort, con su valor de pensador, pero sobre todo con
su autoridad de santo canonizado por la Iglesia, da peso y consistencia a las
esperanzas que brillan en muchas revelaciones particulares, de que vendrá una
época en la cual Nuestra Señora verdaderamente triunfará.
Aunque la Realeza de Nuestra
Señora tenga una soberana eficacia en toda la vida de la Iglesia y de la
sociedad temporal, se realiza en primer lugar en el interior de las almas; de
ahí, del santuario interior de cada alma, es desde donde ella se refleja en la
vida religiosa y civil de los pueblos, en cuanto considerados como un todo.
El Reino de María será, pues,
una época en que la unión de las almas con Nuestra Señora alcanzará una
intensidad sin precedentes en la Historia (excepción hecha, claro está, de
casos individuales). ¿Cuál es la forma de esa unión en cierto sentido suprema?
No conozco medio más perfecto para enunciar y realizar esa unión, que la
sagrada esclavitud a Nuestra Señora, como es enseñada por San Luis María
Grignion de Montfort en el “Tratado de la Verdadera Devoción”.
Considerando que Nuestra
Señora es el camino por el cual Dios vino a los hombres y éstos van a Dios, y
la Realeza universal de María, nuestro Santo recomienda que el devoto de la
Virgen se consagre a Ella enteramente como esclavo. Esa consagración es de una
radicalidad admirable. Abarca no sólo los bienes materiales del hombre, sino
también el mérito de sus buenas obras y oraciones, su vida, su cuerpo y su
alma. Es sin límites porque el esclavo por definición nada tiene de propio.
A cambio de esa consagración,
Nuestra Señora actúa en el interior de su esclavo de modo maravilloso,
estableciendo con él una unión inefable.
Los frutos de esa unión se
verán en los Apóstoles de los Ultimos Tiempos, cuyo perfil moral es trazado a
fuego por el Santo en su famosa “Oración
Abrasada”. Para esto usa un lenguaje de una grandeza apocalíptica, en el
cual parece revivir todo el fuego de un Bautista, todo el clamor de un
Evangelista, todo el celo de un Paulo de Tarso.
Los varones portentosos que
lucharán contra el demonio por el Reino de María, conduciendo gloriosamente
hasta el fin de los tiempos la lucha contra el demonio, el mundo y la carne,
son descritos por San Luis como magníficos modelos que invitan a la perfecta
esclavitud a Nuestra Señora a quienes, en los tenebrosos días de hoy, luchan en
las filas de la Contra-Revolución.
Así, con estas consideraciones
sobre el papel de Nuestra Señora en la Revolución y en la Contra-Revolución y a
propósito del Reino de María -a la luz del “Tratado de la Verdadera Devoción”-
creo haber enunciado los principales puntos de contacto entre la obra prima del
gran Santo y mi ensayo, como ya dije tan empequeñecido por la comparación,
Revolución y Contra-Revolución.