Plinio Corrêa de Oliveira

 

Revolución y Contra-Revolución

 

 

             INDICE

 

INTRODUCCIÓN

 

Parte I  LA REVOLUCIÓN            

Capítulo I

Crisis del hombre contemporáneo           

Capítulo II

Crisis del hombre occidental y cristiano

Capítulo III

Características de esa crisis         

1. Es universal    

2. Es una

3. Es total

4. Es dominante

5. Es procesiva

A. Decadencia de la Edad Media

B. Pseudo-Reforma y Renacimiento

C. Revolución Francesa

D. Comunismo

E. Monarquía, república y Religión

F. Revolución, Contra-Revolución y dictadura

Capítulo IV

Las metamorfosis del proceso revoluciónario              

Capítulo V

Las tres profundidades de la Revolución: en las tendencias, en las ideas, en los hechos

1. La Revolución en las tendencias 

2. La Revolución en las ideas                

3. La Revolución en los hechos      

4. Observaciones diversas     

A. Las profundidades de la Revolución no se identifican con etapas cronológicas                 

B. Nitidez de las tres profundidades de la Revolución

C. El proceso revoluciónario no es incoercible

Capítulo VI

La marcha de la Revolución

1. La fuerza propulsora de la Revolución 

A. La Revolución y las tendencias desordenadas             

B. Los paroxismos de la Revolución están por entero en los gérmenes de ésta        

C. La Revolución exaspera sus propias causas      

2. Los aparentes intersticios de la Revolución 

3. La marcha de requinte en requinte     

4. Las velocidades armónicas de la Revolución 

A. La alta velocidad   

B. La marcha lenta         

C. Cómo se armonizan esas velocidades                 

5. Deshaciendo objeciones 

A. Revoluciónarios de pequeña velocidad y  semi-contra-revoluciónarios 

B. Monarquías protestantes  Repúblicas católicas

C. La austeridad protestante                 

D. El frente único de la Revolución

6. Los agentes de la Revolución: la Masonería y las demás fuerzas secretas

 

Capítulo VII

La esencia de la Revolución

1. La Revolución por excelencia 

A. Sentido de la palabra  Revolución                  

B. Revolución cruenta e incruenta   

C. La amplitud de esta Revolución

D. La Revolución por excelencia

E. La destrucción del orden por excelencia

2. Revolución y legitimidad 

A. La legitimidad por excelencia

B. Cultura y civilización católicas

C. Carácter sacral de la civilización católica

D. Cultura y civilización por excelencia

E. La ilegitimidad por excelencia

3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad Los valores metafísicos de la Revolución

A. Orgullo e igualitarismo  

B. Sensualidad y liberalismo

Capítulo VIII

La inteligencia, la voluntad y la sensibilidad, en la determinación de los actos humanos   

1. La naturaleza caída, la gracia y el libre albedrío     

2. El germen de la Revolución

3. Revolución y mala fe   

Capítulo IX

 También es hijo de la Revolución el  semi-contra-revoluciónario 

Capítulo X

La cultura, el arte y los ambientes en la Revolución

1. La cultura       

2. Las artes

3. Los ambientes 

4. Papel histórico de las artes y de los ambientes en el proceso revoluciónario

Capítulo XI

La Revolución, el pecado y la Redención La utopía revoluciónaria

1. La Revolución niega el pecado y la Redención 

2. Ejemplificación histórica: negación del pecado en el liberalismo y en el socialismo

A. La concepción inmaculada del individuo     

B. La concepción inmaculada de las masas y del Estado

3. La Redención por la ciencia y por la técnica: la utopía revoluciónaria 

Capítulo XII

Carácter pacifista y antimilitarista de la Revolución

1. La ciencia abolirá las guer-ras, las Fuerzas Armadas y la policía

2. Incompatibilidad doctrinaria entre la Revolución y el uniforme

3. El  temperamento  de la Revolución es contrario a la vida militar

 

 

Parte II  

 

LA CONTRA-REVOLUCIÓN

 

Capítulo I

Contra-Revolución y reacción

1. La Contra-Revolución, lucha específica y directa contra la Revolución

2. No-bleza de esa reacción

3. Reacción dirigida también contra los adversarios de hoy       

4. Moder-nidad e integridad de la Contra-Revolución

Capítulo II

Reacción e inmovilismo histórico

1. Qué restaurar

2. Qué innovar

Capítulo III

La Contra-Revolución y el prurito de novedades

1. La Contra-Revolución es tradiciónalista

A. Razón

B. La mecha que aún humea

C. Falso tradiciónalismo

2. La Contra-Revolución es conservadora

3. La Contra-Revolución es condición esencial del verdadero progreso

Capítulo IV

¿Qué es un contra-revoluciónario?

1. En estado actual

2. En estado potencial

Capítulo V

La táctica de la Contra-Revolución

1. En relación al contra-revoluciónario actual

A. Acción individual

B. Acción de conjunto

2. En relación al contra-revoluciónario potencial

3. En relación al revoluciónario

A. La iniciativa contra-revoluciónaria

B. La contraofensiva revoluciónaria

4. Elites y masas en la táctica contra-revoluciónaria

Capítulo VI

Los medios de acción de la Contra-Revolución

1. Tender los grandes medios de acción

 2. Utilizar también los medios modestos: su eficacia

 Capítulo VII

 Obstáculos a la Contra-Revolución

 1. Escollos que los contra-revoluciónarios deben evitar

 2. Los  slogans  de la Revolución 

 A.  La Contra-Revolución es estéril por ser anacrónica 

 B.  La Contra-Revolución es estéril por ser esencialmente negativista 

 C.  La argumentación contra-revoluciónaria es polémica y nociva 

 3. Actitudes er-radas frente a los  slogans  de la Revolución

 A. Hacer abstracción de los  slogans  revoluciónarios

 B. Eliminar los aspectos polémicos de la acción contra-revoluciónaria

 Capítulo VIII

 El carácter procesivo de la Contra-Revolución y el  choque  contra-revoluciónario

 1. Existe un proceso contra-revoluciónario

 2. Aspectos típicos del proceso revoluciónario

 A. En la marcha rápida

 B. En la marcha lenta

 3. Cómo dstrozar el proceso revoluciónario 

 A. La variedad de las vías del Espíritu Santo

 B. No esconder nada

 C. El  choque  de las grandes conversiones

 D. La plausibilidad de ese  choque  er-n nuestros días

 E. Mostrar la faz total de la Revolución

 F. Señalar los aspectos metafísicos de la Contra-Revolución.

 G. Las dos etapas de la Contra-Revolución

 Capítulo IX

 La fuerza propulsora de la Contra-Revolución

 1. Virtud y Contra-Revolución

 2. Vida so-brenatural y Contra-Revolución

 3. Invencibilidad de la Contra-Revolución

 Capítulo X

 La Contra-Revolución, el pecado y la Redención

 1. La Contra-Revolución debe reavivar la noción del bien y del mal

 2. Cómo reavivar la noción del bien y del mal           

 Capítulo XI

 La Contra-Revolución y la sociedad temporal

 1. La Contra-Revolución y las entidades de carácter social        

 A. Obras de caridad, servicio social, asistencia social, asociaciones de patrones, de obreros, etc.

 B. La lucha contra el comunismo       

 2. Cristiandad y república Universal

 3. Contra-Revolución y naciónalismo

 4. La Contra-Revolución y el militarismo

 Capítulo XII

 La Iglesia y la Contra-Revolución

 1. La Iglesia es algo mucho más alto y más amplio que la Revolución y la Contra-Revolución

 2. La Iglesia tiene el mayor interés en el aplastamiento de la Revolución

 3. La Iglesia es, pues, una fuerza fundamentalmente contra-revoluciónaria

 4. La Iglesia es la mayor de las fuerzas contra-revoluciónarias

 5. La Iglesia es el alma de la Contra-Revolución

 6. La exaltación de la Iglesia es el ideal de la Contra-Revolución

 7. El ámbito de la Contra-Revolución excede, de algún modo, al de la Iglesia

 8. Si todo católico debe ser contra-revoluciónario

 A. El contra-revoluciónario implícito

 B. Moder-nidad de una explicitación contra-revoluciónaria

 C. El contra-revoluciónario explícito

 D. Acción contra-revoluciónaria que no constituye apostolado

 9. Acción Católica y Contra-Revolución

 10. La Contra-Revolución y los no-católicos   

 

 

Parte III  

 

VEINTE AÑOS DESPUES

 

Capítulo I

La Revolución, un proceso en continua transformación

1.  Revolución y Contra-Revolución y TFPs: Veinte años de acción y de lucha

2. En un mundo que se viene transformando continua y aceleradamente, ¿permanece actual en los presentes días  Revolución y Contra-Revolución ? La respuesta es afirmativa

Capítulo II

Apogeo y crisis de la Tercera Revolución

1. Apogeo de la III Revolución

A. En la ruta del apogeo, la III Revolución evitó con cuidado las aventuras totales e inútiles

B. -¿Aventura, en las próximas atapas de la III Revolución?

2. Obstáculos inesperados para la aplicación de los métodos clásicos de la III Revolución

A. Declinio del poder persuasivo

B. Declinio del poder de liderazgo revoluciónario

* Odio, lucha de clases, Revolución

* Declinio del liderazgo del odio y del uso de la violencia

* Fruto y prueba de ese declinio: la III Revolución se metamorfosea en revolución risueña

C. Objeción: los éxitos comunistas en Italia y en Francia

3. El odio y la violencia, metamorfoseados, generan la guerra psicológica revoluciónaria total

A. Las dos grandes metas de la guerra psicológica revoluciónaria

B. La guerra psicológica revoluciónaria total, una resultante del apogeo de la III Revolución y d e los embarazos por los cuales ésta pasa         

4. La ofensiva psicológica de la III Revolución  en la Iglesia

A. El Concilio Vaticano II

B. La Iglesia, moderno centro de embate entre la  Revolución y la  Contra-Revolución

C. Reacciones basadas en Revolución y Contra-Revolución 

D. Utilidad de la actuación de las TFPs y entidades afines, inspirada en  Revolución y Contra-Revolución

5. Balance de veinte años de III Revolución, según los criterios de  Revolución y Contra-Revolución

Capítulo III

La Cuarta Revolución que nace

1. La IV Revolución prevista por las autores de la III Revolución

2. IV Revolución y tribalismo: una eventualidad

A.      IV Revolución y lo preter-natural

B.                            Estructuralismo - Tendencias pre-tribales

C.                            Una contribución sin pretensiones

 D. La oposición de los banales

 E. Tribalismo eclesiástico - Pentecostalismo

 3. Deber de los contra-revoluciónarios ante la IV Revolución naciente

CONCLUSION

POSTFACIO

APENDICE

 

 
 
Introducción

 

 “Catolicismo”, al dar a luz su centésimo número, quiere señalar el hecho marcándolo con una nota especial, que propicie un ahondamiento de la ya tan grande comunicación de alma que tiene con sus lectores.

 Para esto, nada le pareció más oportuno que la publicación de un estudio sobre el tema Revolución y Contra-Revolución.

Es fácil explicar la elección del asunto. “Catolicismo”  es un periódico combativo. Como tal, debe ser juzgado principalmente en función del fin que su combate tiene en vista. Ahora bien, ¿a quién, precisamente, quiere combatir? La lectura de sus páginas produce al respecto una impresión tal vez poco definida. En ellas, es frecuente encontrar refutaciones del comunismo, del socialismo, del totalitarismo, del liberalismo, del liturgicismo, del  maritainismo y de tantos otros  “ismos”. Sin embargo, no se diría que tenemos de tal manera en vista a uno de ellos, que por ahí nos pudiésemos definir. Por ejemplo, habría exageración en afirmar que “Catolicismo” es una publicación específicamente antiprotestante o antisocialista. Diríase, pues, que el periódico tiene una pluralidad de fines. No obstante, es claro que, en la perspectiva en que se sitúa, todos estos puntos de mira tienen una especie de denominador común, y que éste es el objetivo siempre tenido en cuenta por nuestra publicación.

¿Cuál es ese denominador común? ¿Una doctrina? ¿Una fuerza? ¿Una corriente de opinión? Bien se ve que una elucidación al respecto ayuda a comprender hasta sus profundidades toda la obra de formación doctrinaria que  “Catolicismo”  vino realizando a lo largo de estos cien meses.

* * *

El estudio de la Revolución y de la Contra-Revolución excede, con mucho, este limitado objetivo.

Para demostrarlo, basta dar una mirada al panorama religioso de nuestro país. Estadísticamente, la situación de los católicos es excelente: según los últimos datos oficiales, constituímos el 94% de la población. Si todos los católicos fuésemos lo que debemos ser, el Brasil sería hoy una de las más admirables potencias católicas nacidas a lo largo de los veinte siglos de vida de la Iglesia.

¿Por qué, entonces, estamos tan lejos de este ideal? ¿Quién podría afirmar que la causa principal de nuestra presente situación es el espiritismo, el protestantismo, el ateísmo o el comunismo? -No. La causa es otra, impalpable, sutil, penetrante como si fuese una poderosa y temible radioactividad. Todos sienten sus efectos, pero pocos sabrían decir su nombre y su esencia.

Al hacer esta afirmación, nuestro pensamiento se extiende de las fronteras del Brasil a las naciones hispanoamericanas, nuestras tan queridas hermanas, y de ahí hacia todas las naciones católicas. En todas, el mismo mal ejerce su imperio indefinido y avasallador. Y en todas produce síntomas de una magnitud trágica.

Un ejemplo entre otros. En una carta dirigida en 1956, a propósito del Día Naciónal de Acción de Gracias, a Su Eminencia el Cardenal Carlos Carmelo de Vasconcellos Motta, Arzobispo de San Pablo, el Excmo. y Revmo. Mons. Angelo Dell'Acqua, Substituto de la Secretaría de Estado del Vaticano, decía que, “como consecuencia del agnosticismo religioso de los Estados”, quedó “amortecido o casi perdido en la sociedad moderna el sentir de la Iglesia”. Ahora bien, ¿qué enemigo asestó contra la Esposa de Cristo este golpe terrible? ¿Cuál es la causa común a éste y a tantos otros males concomitantes y afines? ¿Con qué nombre llamarla? ¿Cuáles son los medios por los cuales actúa? ¿Cuál es el secreto de su victoria? ¿Cómo combatirla con éxito?

Como se ve, difícilmente un tema podría ser de más palpitante actualidad.

* * *

Este enemigo terrible tiene un nombre: se llama Revolución. Su causa profunda es una explosión de orgullo y sensualidad que inspiró, no diríamos un sistema, sino toda una cadena de sistemas ideológicos. De la amplia aceptación dada a éstos en el mundo entero, derivaron las tres grandes revoluciones de la Historia de Occidente: la Pseudo-Reforma, la Revolución Francesa y el Comunismo (cfr. León XIII, Encíclica “Parvenu à la Vingt-Cinquième Année”, 19.III.1902 - Bonne Presse, París, vol. VI, p. 279).

El orgullo conduce al odio a toda superioridad, y, por tanto, a la afirmación de que la desigualdad es en sí misma, en todos los planos, inclusive y principalmente en los planos metafísico y religioso, un mal. Es el aspecto igualitario de la Revolución.

La sensualidad, de suyo, tiende a derribar todas las barreras. No acepta frenos y lleva a la rebeldía contra toda autoridad y toda ley, sea divina o humana, eclesiástica o civil. Es el aspecto liberal de la Revolución.

Ambos aspectos, que en último análisis tienen un carácter metafísico, parecen contradictorios en muchas ocasiones, pero se concilian en la utopía marxista de un paraíso anárquico en que una humanidad altamente evoluciónada y “emancipada” de cualquier religión, viviría en profundo orden sin autoridad política, y en una libertad total de la cual, sin embargo, no derivaría desigualdad alguna.

La Pseudo-Reforma fue una primera revolución. Implantó el espíritu de duda, el liberalismo religioso y el igualitarismo eclesiástico, en medida variable, por lo demás, en las diversas sectas a que dio origen.

Le siguió la Revolución Francesa, que fue el triunfo del igualitarismo en dos campos. En el campo religioso, bajo la forma del ateísmo, especiosamente rotulado de laicismo. Y en la esfera política, por la falsa máxima de que toda desigualdad es una injusticia, toda autoridad un peligro, y la libertad el bien supremo.

El Comunismo es la trasposición de estas máximas al campo social y económico.

Estas tres revoluciones son episodios de una sola Revolución, dentro de la cual el socialismo, el liturgicismo, la “politique de la main tendue”, etc., son etapas de transición o manifestaciones atenuadas.

* * *

Claro está que un proceso de tanta profundidad, de tal envergadura y de tan larga duración no puede desarrollarse sin abarcar todos los dominios de la actividad del hombre, como por ejemplo la cultura, el arte, las leyes, las costumbres y las instituciones.

Un estudio pormenorizado de este proceso en todos los campos en que se viene desarrollando, excedería en mucho el ámbito de este trabajo.

En él procuramos -limitándonos a sólo una veta de este vasto asunto- trazar de modo sumario los contornos de la inmensa avalancha que es la Revolución, darle el nombre adecuado, indicar muy sucintamente sus causas profundas, los agentes que la promueven, los elementos esenciales de su doctrina, la importancia respectiva de los varios terrenos en que ella actúa, el vigor de su dinamismo, el  mecanismo  de su expansión. Simétricamente, tratamos después de puntos análogos referentes a la Contra-Revolución, y estudiamos algunas de las condiciones para su victoria.

Aun así, de cada uno de estos temas no pudimos explanar sino las partes que nos parecieron más útiles, de momento, para esclarecer a nuestros lectores y facilitarles la lucha contra la Revolución. Y tuvimos que dejar de lado muchos puntos de importancia realmente capital, pero de actualidad menos apremiante.

El presente trabajo, como dijimos, constituye un simple conjunto de tesis, a través de las cuales se puede conocer mejor el espíritu y el programa de  “Catolicismo”. Excedería sus naturales proporciones, si contuviese una demostración cabal de cada afirmación. Nos ceñimos tan sólo a desarrollar  el mínimo necesario de argumentación para poner en evidencia el nexo existente entre las varias tesis, y la visión panorámica de toda una vertiente de nuestras posiciones doctrinarias.

 

 

 

PARTE  I

LA REVOLUCION

 

 

Capítulo I

Crisis del hombre contemporáneo

 

Las muchas crisis que conmueven el mundo de hoy -del Estado, de la familia, de la economía, de la cultura, etc.- no constituyen sino múltiples aspectos de una sola crisis fundamental, que tiene como campo de acción al propio hombre. En otros términos, esas crisis tienen su raíz en los más profundos problemas de alma, de donde se extienden a todos los aspectos de la personalidad del hombre contemporáneo y a todas sus actividades.

 

 

Capítulo II

Crisis del hombre occidental y cristiano

 

Esa crisis es principalmente la del hombre occidental y cristiano, es decir, del europeo y de sus descendientes, el americano y el australiano. Y es en cuanto tal que la estudiaremos más particularmente. Ella también afecta a los otros pueblos, en la medida en que a éstos se extiende y en ellos echó raíces el mundo occidental. En esos pueblos tal crisis se complica con los problemas propios de las respectivas culturas y civilizaciones y con el choque entre éstas y los elementos positivos o negativos de la cultura y de la civilización occidentales.

 

 

Capítulo III

Caracteres de esa crisis

 

Por más profundos que sean los factores de diversificación de esa crisis en los diferentes países de hoy, ella conserva, siempre, cinco caracteres capitales:

 

 1. Es universal

 Esa crisis es universal. No existe hoy pueblo que no esté alcanzado por ella, en mayor o menor grado.

 

 2. Es una

 Esa crisis es una. Es decir, no se trata de un conjunto de crisis que se desarrollan paralela y autónomamente en cada país, ligadas entre sí por algunas analogías más o menos relevantes.

Cuando ocurre un incendio en una floresta, no es posible considerar el fenómeno como si fuesen mil incendios autónomos y paralelos, de mil árboles vecinos unos de otros. La unidad del fenómeno “combustión”, ejerciéndose sobre la unidad viva que es la floresta, y la circunstancia de que la gran fuerza de expansión de las llamas resulta de un calor en el cual se funden y se multiplican las incontables llamas de los diversos árboles, todo en fin, contribuye para que el incendio de la floresta sea un hecho único, que engloba en una realidad total los mil incendios parciales, por más diferente que sea cada uno de éstos en sus accidentes.

La Cristiandad occidental constituyó un solo todo, que trascendía a los diversos países cristianos, sin absorberlos. En esa unidad viva se operó una crisis que acabó por alcanzarla por entero, por el calor sumado y, más aún, fundido, de las cada vez más numerosas crisis locales que desde hace siglos se vienen interpenetrando y entreayudando ininterrumpidamente. En consecuencia, hace mucho que la Cristiandad, en cuanto familia de Estados oficialmente católicos, cesó de existir. De ella restan como vestigios los pueblos occidentales y cristianos. Y todos se encuentran actualmente en agonía bajo la acción de este mismo mal.

 

 3. Es total

 Considerada en un determinado país, esa crisis se desarrolla en una zona de problemas tan profunda, que se prolonga o se desdobla, por el propio orden de las cosas, en todas las potencias del alma, en todos los campos de la cultura, en fin, en todos los dominios de la acción del hombre.

 

 4. Es dominante

 Encarados superficialmente, los acontecimientos de nuestros días parecen una maraña caótica e inextricable, y de hecho lo son desde muchos puntos de vista.

Sin embargo, es posible discernir resultantes, profundamente coherentes y vigorosas, de la conjunción de tantas fuerzas desvariadas, siempre que éstas sean consideradas desde el ángulo de la gran crisis de que tratamos.

En efecto, al impulso de esas fuerzas en delirio, las naciones occidentales van siendo gradualmente impelidas hacia un estado de cosas que se va delineando igual en todas ellas, y diametralmente opuesto a la civilización cristiana.

De donde se ve que esa crisis es como una reina a quien todas las fuerzas del caos sirven como instrumentos eficientes y dóciles.

 

 5. Es procesiva

 Esa crisis no es un hecho espectacular y aislado. Constituye, por el contrario, un proceso ya cinco veces secular, un vasto sistema de causas y efectos que, habiendo nacido, en determinado momento, con gran intensidad, en las zonas más profundas del alma y de la cultura del hombre occidental, viene produciendo, desde el siglo XV hasta nuestros días, sucesivas convulsiones.

A este proceso bien se pueden aplicar las palabras de Pío XII relativas a un sutil y misterioso “enemigo” de la Iglesia: “El se encuentra en todo lugar y en medio de todos: sabe ser violento y astuto. En estos últimos siglos intentó realizar la disgregación intelectual, moral, social, de la unidad en el organismo misterioso de Cristo. Quiso la naturaleza sin la gracia, la razón sin la fe; la libertad sin la autoridad; a veces, la autoridad sin la libertad. Es un `enemigo' que se volvió cada vez más concreto, con una ausencia de escrúpulos que aún sorprende: ¡Cristo sí, la Iglesia no! Después: ¡Dios sí, Cristo no! Finalmente el grito impío: Dios está muerto; y hasta Dios jamás existió. Y he ahí, ahora, la tentativa de edificar la estructura del mundo sobre bases que no dudamos en señalar como las principales responsables por la amenaza que pesa sobre la humanidad: una economía sin Dios, un derecho sin Dios, una política sin Dios” (Alocución a la Unión de Hombres de la A.C.Italiana, 12.X.1952 - Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIV, p. 359).

Este proceso no debe ser visto como una secuencia puramente fortuita de causas y efectos, que se fueron sucediendo de modo inesperado. Ya en sus comienzos esta crisis poseía las energías necesarias para reducir a acto todas sus potencialidades, las cuales en nuestros días se conservan bastante vivas como para causar, por medio de supremas convulsiones, las destrucciones últimas que son su término lógico.

Influenciada y condiciónada en sentidos diversos, por factores extrínsecos de todo orden -culturales, sociales, económicos, étnicos, geográficos y otros- y siguiendo a veces caminos bien sinuosos, ella va, no obstante, progresando incesantemente hacia su trágico fin.

 
 A. Decadencia de la Edad Media

 Ya esbozamos en la Introducción los grandes trazos de este proceso. Es oportuno añadir aquí algunos pormenores.

En el siglo XIV comienza a observarse, en la Europa cristiana, una transformación de mentalidad que a lo largo del siglo XV crece cada vez más en nitidez. El apetito de los placeres terrenos se va transformando en ansia. Las diversiones se van volviendo más frecuentes y más suntuosas. Los hombres se preocupan cada vez más con ellas. En los trajes, en las maneras, en el lenguaje, en la literatura y en el arte el anhelo creciente por una vida llena de deleites de la fantasía y de los sentidos, va produciendo progresivas manifestaciones de sensualidad y molicie. Hay un paulatino perecimiento de la seriedad y de la austeridad de los antiguos tiempos. Todo tiende a lo risueño, a lo gracioso, a lo festivo. Los corazones se desprenden gradualmente del amor al sacrificio, de la verdadera devoción a la Cruz, y de las aspiraciones de santidad y vida eterna. La Caballería, otrora una de las más altas expresiones de la austeridad cristiana, se vuelve amorosa y sentimental, la literatura de amor invade todos los países, los excesos del lujo y la consecuente avidez de lucros se extienden por todas las clases sociales.

Tal clima moral, al penetrar en las esferas intelectuales, produjo claras manifestaciones de orgullo, como el gusto por las disputas aparatosas y vacías, por las argucias inconsistentes, por las exibiciones fatuas de erudición, y lisonjeó viejas tendencias filosóficas, de las cuales triunfara la Escolástica, y que ahora, ya relajado el antiguo celo por la integridad de la Fe, renacían con nuevos aspectos. El absolutismo de los legistas, que se engalanaban con un conocimiento vanidoso del Derecho Romano, encontró en Príncipes ambiciosos un eco favorable. Y  pari passu se fue extinguiendo en grandes y pequeños la fibra de otrora para contener al poder real en los legítimos límites vigentes en los días de San Luis de Francia y de San Fernando de Castilla.

 

 B. Pseudo-Reforma y Renacimiento

 Este nuevo estado de alma contenía un deseo poderoso, aunque más o menos inconfesado, de un orden de cosas fundamentalmente diverso del que había llegado a su apogeo en los siglos XII y XIII.

La admiración exagerada, y no pocas veces delirante, por el mundo antiguo, sirvió como medio de expresión a ese deseo. Procurando muchas veces no chocar de frente con la vieja tradición medieval, el Humanismo y el Renacimiento tendieron a relegar la Iglesia, lo sobrenatural, los valores morales de la Religión, a un segundo plano. El tipo humano, inspirado en los moralistas paganos, que aquellos movimientos introdujeron como ideal en Europa, así como la cultura y la civilización coherentes con este tipo humano, ya eran los legítimos precursores del hombre ávido de ganancias, sensual, laico y pragmático de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo. Los esfuerzos por un Renacimiento cristiano no lograron aplastar en su germen los factores de los cuales resultó el triunfo paulatino del neopaganismo.

En algunas partes de Europa, este neopaganismo se desarrolló sin llevarlas a la apostasía formal. Importantes resistencias se le opusieron. E incluso cuando se instalaba en las almas, no osaba pedirles -al principio por lo menos- una ruptura formal con la Fe.

Pero en otros países embistió abiertamente contra la Iglesia. El orgullo y la sensualidad, en cuya satisfacción está el placer de la vida pagana, suscitaron el protestantismo.

El orgullo dio origen al espíritu de duda, al libre examen, a la interpretación naturalista de la Escritura. Produjo la insurrección contra la autoridad eclesiástica, expresada en todas las sectas por la negación del carácter monárquico de la Iglesia Universal, es decir, por la rebelión contra el Papado. Algunas, más radicales, negaron también lo que se podría llamar la alta aristocracia de la Iglesia, o sea, los Obispos, sus Príncipes. Otras negaron incluso el propio sacerdocio jerárquico, reduciéndolo a una mera delegación del pueblo, único detentor verdadero del poder sacerdotal.

En el plano moral, el triunfo de la sensualidad en el protestantismo se afirmó por la supresión del celibato eclesiástico y por la introducción del divorcio.

 

 C. Revolución Francesa

 La acción profunda del Humanismo y del Renacimiento entre los católicos no cesó de dilatarse en una creciente cadena de consecuencias en toda Francia. Favorecida por el debilitamiento de la piedad de los fieles -ocasionado por el jansenismo y por los otros fermentos que el protestantismo del siglo XVI desgraciadamente había dejado en el Reino Cristianísimo- tal acción tuvo por efecto en el siglo XVIII una disolución casi general de las costumbres, un modo frívolo y brillante de considerar las cosas, un endiosamiento de la vida terrena, que preparó el campo para la victoria gradual de la irreligión. Dudas en relación a la Iglesia, negación de la divinidad de Cristo, deísmo, ateísmo incipiente fueron las etapas de esa apostasía.

Profundamente afín con el protestantismo, heredera de él y del neopaganismo renacentista, la Revolución Francesa realizó una obra del todo y en todo simétrica a la de la Pseudo-Reforma. La Iglesia Constituciónal que ella, antes de naufragar en el deísmo y en el ateísmo, intentó fundar, era una adaptación de la Iglesia de Francia al espíritu del protestantismo. Y la obra política de la Revolución Francesa no fue sino la transposición, al ámbito del Estado, de la “reforma” que las sectas protestantes más radicales adoptaron en materia de organización eclesiástica:

 - rebelión contra el Rey, simétrica a la rebelión contra el Papa;

 - rebelión de la plebe contra los nobles, simétrica a la rebelión de la “plebe” eclesiástica, es decir, de los fieles, contra la  aristocracia  de la Iglesia, es decir, el Clero;

 - afirmación de la soberanía popular, simétrica al gobierno de ciertas sectas, en mayor o menor medida, por los fieles.

 

D. Comunismo

 En el protestantismo nacieron algunas sectas que, transponiendo directamente sus tendencias religiosas al campo político, prepararon el advenimiento del espíritu republicano. San Francisco de Sales, en el siglo XVII, previno contra estas tendencias republicanas al Duque de Saboya (cfr. Sainte-Beuve, “Études des lundis” - XVII ème siècle - Saint François de Sales”, Librairie Garnier, París, 1928, p. 364). Otras, yendo más lejos, adoptaron principios que, si no pueden ser llamados comunistas en todo el sentido actual del término, son por lo menos pre-comunistas.

De la Revolución Francesa nació el movimiento comunista de Babeuf. Y más tarde, del espíritu cada vez más vivaz  de la Revolución, irrumpieron las escuelas del comunismo utópico del siglo XIX y el comunismo llamado científico de Marx.

¿Y qué hay de más lógico? El deísmo tiene como fruto normal el ateísmo. La sensualidad, sublevada contra los frágiles obstáculos del divorcio, tiende por sí misma al amor libre. El orgullo, enemigo de toda superioridad, habría de embestir contra la última desigualdad, es decir, la de fortunas. Y así, ebrio de sueños de República Universal, de supresión de toda autoridad eclesiástica o civil, de abolición de toda Iglesia y, después de una dictadura obrera de transición, también del propio Estado, ahí está el neo-bárbaro del siglo XX, producto más reciente y más extremado del proceso revoluciónario.

 

E. Monarquía, república y Religión

 A fin de evitar cualquier equívoco, conviene acentuar que esta exposición no contiene la afirmación de que la república es un régimen político necesariamente revoluciónario. León XIII, al hablar de las diversas formas de gobierno, dejó claro que “todas y cada una son buenas, siempre que tiendan rectamente a su fin, es decir, al bien común, razón de ser de la autoridad social” (Encíclica “Au Milieu des Sollicitudes”, 16.II.1892 - Bonne Presse, París, vol. III, p. 116).

Tachamos de revoluciónaria, eso sí, la hostilidad profesada, por principio, contra la monarquía y la aristocracia, como si fueran formas esencialmente incompatibles con la dignidad humana y el orden normal de las cosas. Es el error condenado por San Pío X en la Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, del 25 de agosto de 1910. En ella el grande y santo Pontífice censura la tesis del  “Sillon”, de que  “sólo la democracia  inaugurará el reino de la perfecta justicia”, y exclama: “¿No es esto una injuria a las otras formas de gobierno, que son rebajadas de ese modo a la categoría de gobiernos impotentes, aceptables a falta de otro mejor?”  (A.A.S., vol. II, p. 618).

Ahora bien, sin este error, entrañado en el proceso de que hablamos, no se explica enteramente que la monarquía, calificada por el Papa Pío VI como, en tesis, la mejor forma de gobierno – “praestantioris monarchici regiminis forma” (Alocución al Consistorio, 17.VI.1793, “Les Enseignements Pontificaux - La Paix Intérieure des Nations - par les moines de Solesmes”, Desclée & Cie., p. 8), haya sido objeto, en los siglos XIX y XX, de un movimiento mundial de hostilidad que echó por tierra los tronos y las dinastías más venerables. La producción en serie de repúblicas para el mundo entero es, a nuestro modo de ver, un fruto típico de la Revolución, y un aspecto capital de ella.

No puede ser tachado de revoluciónario quien para su Patria, por razones concretas y locales, salvaguardados siempre los derechos de la autoridad legítima, prefiere la democracia a la aristocracia o a la monarquía. Pero sí quien, llevado por el espíritu igualitario de la Revolución, odia por principio, y califica de injusta o inhumana en esencia la aristocracia o la monarquía.

De ese odio antimonárquico y antiaristocrático nacen las democracias demagógicas, que combaten la tradición, persiguen las élites, degradan el tonus general de la vida, y crean  un ambiente de vulgaridad que constituye la nota dominante de la cultura y de la civilización... si es que los conceptos de civilización y de cultura se pueden realizar en tales condiciones.

Diverge de esta democracia revoluciónaria la democracia descrita por Pío XII:  “Según el testimonio de la Historia, donde reina una verdadera democracia la vida del pueblo está impregnada de sanas tradiciones, que es ilícito abatir. Representantes de esas tradiciones son, ante todo, las clases dirigentes, o sea, los grupos de hombres y mujeres o las asociaciones que, como se acostumbra a decir, dan el tono en la aldea y en la ciudad, en la región y en el país entero.

 “De ahí la existencia y el influjo, en todos los pueblos civilizados, de instituciones eminentemente aristocráticas, en el sentido más elevado de la palabra, como son algunas academias de amplia y bien merecida fama. Pertenece también a este número la nobleza” (Alocución al Patriciado y a la Nobleza Romana, 16.I.1946 -  Discorsi e Radiomessaggi, vol. VII, p. 340).

Como se ve, el espíritu de la democracia revoluciónaria es bien diverso de aquel que debe animar una democracia conforme a la doctrina de la Iglesia.

 

F. Revolución, Contra-Revolución y dictadura

 Las presentes consideraciones sobre la posición de la Revolución y del pensamiento católico ante las formas de gobierno suscitarán en varios lectores una interrogación: ¿es la dictadura un factor de Revolución, o de Contra-Revolución?

Para responder con claridad a una pregunta a la cual han sido dadas tantas soluciones confusas y hasta tendenciosas, es necesario establecer una distinción entre ciertos elementos que se enmarañan desordenadamente en la idea de dictadura, tal como la opinión pública la conceptúa. Confundiendo la dictadura en tesis, con lo que ella ha sido  in concreto en nuestro siglo, el público entiende por dictadura un estado de cosas en el cual un jefe dotado de poderes irrestrictos gobierna un país. Para el bien de éste, dicen unos. Para el mal, dicen otros. Mas en uno y otro caso, tal estado de cosas es siempre una dictadura.

Ahora bien, este concepto envuelve dos elementos diferentes:

- omnipotencia del Estado;

- concentración del poder estatal en una sola persona.

En el espíritu público, parece que el segundo elemento llama más la atención. Sin embargo, el elemento básico es el primero, por lo menos si entendemos por dictadura un estado de cosas en que, suspendido todo orden jurídico, el poder público dispone a su antojo de todos los derechos. Que una dictadura pueda ser ejercida por un Rey (la dictadura real, es decir, la suspensión de todo orden jurídico y el ejercicio irrestricto del poder público por el Rey, no se confunde con el  Ancien Régime , en el cual estas garantías existían en considerable medida, y mucho menos con la monarquía orgánica medieval) o un jefe popular, una aristocracia hereditaria o un clan de banqueros, o hasta por la masa, es enteramente evidente.

En sí, una dictadura ejercida por un jefe o un grupo de personas no es revoluciónaria ni contra-revoluciónaria. Será una u otra cosa en función de las circunstancias en que se originó, y de la obra que realice. Y esto, tanto esté en manos de un hombre como de un grupo.

Hay circunstancias que exigen, para la  salus populi , una suspensión provisoria de los derechos individuales, y el ejercicio más amplio del poder público. La dictadura puede, por tanto, ser legítima en ciertos casos.

Una dictadura contra-revoluciónaria y, pues, enteramente guiada por el deseo de Orden, debe presentar tres requisitos esenciales:

 - Debe suspender los derechos, no para subvertir el Orden, sino para protegerlo. Y por Orden no entendemos solamente la tranquilidad material, sino la disposición de las cosas según su fin, y de acuerdo con la respectiva escala de valores. Hay, pues, una suspensión de derechos más aparente que real, el sacrificio de las garantías jurídicas de que abusaban los malos elementos en detrimento del propio orden y del bien común, sacrificio éste todo orientado a la protección de los verdaderos derechos de los buenos.

 - Por definición, esta suspensión debe ser provisoria, y debe preparar las circunstancias para que lo antes posible se vuelva al orden y a la normalidad. La dictadura, en la medida en que es buena, va haciendo cesar su propia razón de ser. La intervención del Poder público en los distintos sectores de la vida naciónal debe hacerse de manera que, lo más pronto posible, cada sector pueda vivir con la necesaria autonomía. Así, cada familia debe poder hacer todo aquello que por su naturaleza es capaz, siendo apoyada sólo subsidiariamente por grupos sociales superiores en aquello que sobrepase su ámbito. Esos grupos, a su vez, sólo deben recibir el apoyo del municipio en lo que excede su normal capacidad, y así sucesivamente en las relaciones entre el municipio y la región, o entre ésta y el país.

 - El fin primordial de la dictadura legítima debe ser, hoy en día, la Contra-Revolución. Lo que, por lo demás, no implica afirmar que la dictadura sea normalmente un medio necesario para la derrota de la Revolución. Pero puede serlo en ciertas circunstancias.

Por el contrario, la dictadura revoluciónaria tiende a eternizarse, viola los derechos auténticos y penetra en todas las esferas de la sociedad para aniquilarlas, desarticulando la vida de familia, perjudicando a las élites genuinas, subvirtiendo la jerarquía social, alimentando de utopías y de aspiraciones desordenadas a la multitud, extinguiendo la vida real de los grupos sociales, y sujetando todo al Estado: en una palabra, favoreciendo la obra de la Revolución. Ejemplo típico de tal dictadura fue el hitlerismo.

Por esto, la dictadura revoluciónaria es fundamentalmente anticatólica. En efecto, en un ambiente verdaderamente católico no puede haber clima para tal situación. Lo cual no quiere decir que la dictadura revoluciónaria, en éste o en aquel país, no haya procurado favorecer a la Iglesia. Pero se trata de una actitud meramente política, que se transforma en persecución franca o velada, tan pronto como la autoridad eclesiástica comience a detener el paso a la Revolución.

 

 

Capítulo IV

Las metamorfosis del proceso revoluciónario

 

 Como se desprende del análisis hecho en el capítulo anterior, el proceso revoluciónario es el desarrollo, por etapas, de ciertas tendencias desordenadas del hombre occidental y cristiano, y de los errores nacidos de ellas.

En cada etapa, esas tendencias y errores tienen un aspecto propio. La Revolución va, pues, metamorfoseándose a lo largo de la Historia.

Esas metamorfosis que se observan en las líneas generales de la Revolución se repiten, en menor escala, en el interior de cada gran episodio de la misma.

 Así, el espíritu de la Revolución Francesa, en su primera fase, usó máscara y lenguaje aristocráticos y hasta eclesiásticos. Frecuentó la Corte y se sentó a la mesa del Consejo del Rey.

Después, se volvió burgués y trabajó por la extinción incruenta de la monarquía y de la nobleza, y por una velada y pacífica supresión de la Iglesia Católica.

En cuanto pudo, se hizo jacobino y se embriagó de sangre en el Terror.

Pero los excesos practicados por la facción jacobina despertaron reacciones. Volvió atrás, recorriendo las mismas etapas. De jacobino se transformó en burgués en el Directorio, con Napoleón extendió la mano a la Iglesia y abrió las puertas a la nobleza exilada, y, por fin, aplaudió el retorno de los Borbones. Terminada la Revolución Francesa, no concluye con ello el proceso revoluciónario. He aquí que vuelve a explotar con la caída de Carlos X y la ascensión de Luis Felipe, y así, por sucesivas metamorfosis, aprovechando sus éxitos e inclusive sus fracasos, llegó hasta el paroxismo de nuestros días.

La Revolución usa, pues, sus metamorfosis no sólo para avanzar, sino también para practicar los retrocesos tácticos que tan frecuentemente le han sido necesarios.

A veces, movimiento siempre vivo, ella ha simulado estar muerta. Y ésta es una de sus metamorfosis más interesantes. En apariencia, la situación de un determinado país se presenta completamente tranquila. La reacción contra-revoluciónaria se distiende y adormece. Pero, en las profundidades de la vida religiosa, cultural, social o económica, la fermentación revoluciónaria va siempre ganando terreno. Y, al cabo de ese aparente intersticio, explota una convulsión inesperada, frecuentemente mayor que las anteriores.

 

 

Capítulo V

Las tres profundidades de la Revolución: en las tendencias,

en las ideas, en los hechos

 

 1. La Revolución en las tendencias

 Como vimos, esta Revolución es un proceso compuesto de etapas, y tiene su origen último en determinadas tendencias desordenadas que le sirven de alma y de fuerza propulsora más íntima (cfr. Parte I, cap. III, 5).

Así, podemos también distinguir en la Revolución tres profundidades, que cronológicamente hasta cierto punto se interpenetran.

 La primera, es decir, la más profunda, consiste en una crisis en las tendencias. Esas tendencias desordenadas por su propia naturaleza luchan por realizarse, no conformándose ya con todo un orden de cosas que les es contrario; comienzan por modificar las mentalidades, los modos de ser, las expresiones artísticas y las costumbres, sin tocar al principio, de modo directo -habitualmente, por lo menos- en las ideas.

 

 2. La Revolución en las ideas

 De esas camadas profundas, la crisis pasa al terreno ideológico. En efecto  -como Paul Bourget puso en evidencia en su célebre obra “Le Démon du Midi”- “es necesario vivir como se piensa, so pena de, tarde o temprano, acabar por pensar como se vive” (op.cit., Librairie Plon, París, 1914, vol. II, p. 375). Así, inspiradas por el desarreglo de las tendencias profundas, irrumpen nuevas doctrinas. Ellas procuran a veces, al principio, un  modus vivendi con las antiguas, y se expresan de tal manera que mantienen con éstas un simulacro de armonía, el cual habitualmente no tarda en romperse en lucha declarada.

 

 3. La Revolución en los hechos

 Esa transformación de las ideas se extiende, a su vez, al terreno de los hechos, donde pasa a operar, por medios cruentos o incruentos, la transformación de las instituciones, de las leyes y de las costumbres, tanto en la esfera religiosa cuanto en la sociedad temporal. Es una tercera crisis, ya enteramente en el orden de los hechos.

 

 4. Observaciones diversas

 A. Las profundidades de la Revolución no se identifican con etapas cronológicas

 Esas profundidades son, de algún modo, escalonadas. Pero un análisis atento pone en evidencia que las operaciones que la Revolución realiza en ellas de tal modo se interpenetran en el tiempo, que esas diversas profundidades no pueden ser vistas como otras tantas unidades cronológicas distintas.

 

 B. Nitidez de las tres profundidades de la Revolución

 Esas tres profundidades no siempre se diferencian nítidamente unas de las otras. El grado de nitidez varía mucho de un caso concreto a otro.

 

 C. El proceso revoluciónario no es incoercible

 El caminar de un pueblo a través de esas varias profundidades no es incoercible, de tal manera que, dado el primer paso, llegue necesariamente hasta el último y resbale hacia la profundidad siguiente. Por el contrario, el libre arbitrio humano, coadyuvado por la gracia, puede vencer cualquier crisis, como puede detener y vencer la propia Revolución.

Describiendo esos aspectos, hacemos como un médico que describe la evolución completa de una enfermedad hasta la muerte, sin pretender con ello que la enfermedad sea incurable.

 

 

Capítulo VI

La marcha de la Revolución

 

 Las consideraciones anteriores ya nos proporciónaron algunos datos sobre la marcha de la Revolución, es decir, su carácter procesivo, las metamorfosis por las cuales pasa, su irrupción en lo más recóndito del hombre y su exteriorización en actos. Como se ve, hay toda una dinámica propia de la Revolución. De esto podemos tener una mejor idea estudiando aún otros aspectos de la marcha de la Revolución.

 

 1. La fuerza propulsora de la Revolución

 A. La Revolución y las tendencias desordenadas

 La más poderosa fuerza propulsora de la Revolución está en las tendencias desordenadas.

Y por esto la Revolución ha sido comparada a un tifón, a un terremoto, a un ciclón. Es que las fuerzas naturales desencadenadas son imágenes materiales de las pasiones desenfrenadas del hombre.

 

 B. Los paroxismos de la Revolución están enteros en los gérmenes de ésta

 Como los cataclismos, las malas pasiones tienen una fuerza inmensa, pero para destruir.

Esa fuerza ya tiene potencialmente, en el primer instante de sus grandes explosiones, toda la virulencia que se patentizará más tarde en sus peores excesos. En las primeras negaciones del protestantismo, por ejemplo, ya estaban implícitos los anhelos anarquistas del comunismo. Si desde el punto de vista de la formulación explícita, Lutero no era sino Lutero, todas las tendencias, todo el estado de alma, todos los imponderables de la explosión luterana ya traían consigo, de modo auténtico y pleno, aunque implícito, el espíritu de Voltaire y de Robespierre, de Marx y de Lenín (cfr. León XIII, Encíclica “Quod Apostolici Muneris”, 28.XII.1878 -  Bonne Presse, París, vol I. p. 28).

 

 C. La Revolución exaspera sus propias causas

  Esas tendencias desordenadas se desarrollan como los pruritos y los vicios, es decir, a medida que se satisfacen, crecen en intensidad. Las tendencias producen crisis morales, doctrinas erróneas y después revoluciones. Unas y otras, a su vez, exacerban las tendencias. Estas últimas llevan en seguida, por un movimiento análogo, a nuevas crisis, nuevos errores, nuevas revoluciones. Es lo que explica que nos encontremos hoy en tal paroxismo de impiedad y de inmoralidad, así como en tal abismo de desórdenes y discordias.

 

 2. Los aparentes intersticios de la Revolución

 Considerando la existencia de períodos de una calma acentuada, se diría que en ellos la Revolución cesó. Y así parece que el proceso revoluciónario es discontinuo y que, por tanto, no es uno.

Ahora bien, esas calmas son meras metamorfosis de la Revolución. Los períodos de tranquilidad aparente, supuestos intersticios, han sido en general de fermentación revoluciónaria sorda y profunda. Véase si no el período de la Restauración (1815-1830) - (cfr. Parte I, cap. IV).

 

 3. La marcha de requinte (*) en requinte

 Por lo que vimos (cfr. Nº 1, C, supra) se explica que cada etapa de la Revolución, comparada con la anterior, no sea sino un “requinte”. El humanismo naturalista y el protestantismo se  “requintaron” en la Revolución Francesa, la cual, a su vez, se “requintó” en el gran proceso revoluciónario de la bolchevización del mundo de hoy.

  (*) Nota: La palabra portuguesa  “requintar” significa llevar algo a su más alto grado, a su extremo, a su exceso. No encontrando un equivalente suficientemente preciso en el castellano contemporáneo, preferimos conservar la expresión original.

 

Es que las pasiones desordenadas, yendo en un  crescendo análogo al que produce la aceleración en la ley de la gravedad, y alimentándose de sus propias obras, acarrean consecuencias que, a su vez, se desarrollan según una intensidad proporciónal. Y en la misma progresión los errores generan errores, y las revoluciones abren camino unas a las otras.

 

 4. Las velocidades armónicas de la Revolución

 Ese proceso revoluciónario se da en dos velocidades diversas. Una, rápida, está destinada generalmente al fracaso en el plano inmediato. La otra ha sido habitualmente coronada por el éxito, y es mucho más lenta.

 

 A. La alta velocidad

 Los movimientos pre-comunistas de los anabaptistas, por ejemplo, sacaron inmediatamente, en varios campos, todas o casi todas las consecuencias del espíritu y de las tendencias de la Pseudo-Reforma: fracasaron.

 

 B. La marcha lenta

 Lentamente, a lo largo de más de cuatro siglos, las corrientes más moderadas del protestantismo, caminando de requinte en requinte, por etapas de dinamismo y de inercia sucesivas, van, sin embargo, favoreciendo paulatinamente, de uno u otro modo, la marcha de Occidente hacia el mismo punto extremo (cfr. Parte II, cap. VIII, 2).

 

 C. Cómo se armonizan estas velocidades

 Es necesario estudiar el papel de cada una de esas velocidades en la marcha de la Revolución. Se diría que los movimientos más veloces son inútiles. Sin embargo, no es verdad. La explosión de esos extremismos levanta un estandarte, crea un punto de mira fijo que, por su propio radicalismo, fascina a los moderados, y hacia el cual éstos se van encaminando lentamente. Así, el socialismo repudia al comunismo pero lo admira en silencio y tiende hacia él. Más remotamente, lo mismo se podría decir del comunista Babeuf y sus secuaces en los últimos destellos de la Revolución Francesa. Fueron aplastados. Pero lentamente la sociedad va siguiendo el camino hacia donde ellos la quisieron llevar. El fracaso de los extremistas es, pues, sólo aparente. Ellos colaboran indirecta, pero poderosamente, con la Revolución, atrayendo en forma paulatina a la multitud incontable de los “prudentes”, de los “moderados” y de los mediocres, para la realización de sus culpables y exacerbados devaneos.

 

 5. Deshaciendo objeciones

 Vistas estas nociones, se presenta la ocasión para deshacer algunas objeciones que, antes de esto, no podrían ser adecuadamente analizadas.

 

 A. Revoluciónarios de pequeña velocidad y  “semi-contra-revoluciónarios”

 Lo que distingue al revoluciónario que siguió el ritmo de la marcha rápida, de quien paulatinamente se va volviendo tal según el ritmo de la marcha lenta, está en que, cuando el proceso revoluciónario se inició en el primero, encontró resistencias nulas, o casi nulas. La virtud y la verdad vivían en esa alma una vida de superficie. Eran como madera seca, que cualquier chispa puede incendiar. Por el contrario, cuando ese proceso se opera lentamente, es porque la chispa de la Revolución encontró, al menos en parte, leña verde. En otros términos, encontró mucha verdad o mucha virtud que se mantienen contrarias a la acción del espíritu revoluciónario. Un alma en tal situación queda bipartida, y vive de dos principios opuestos, el de la Revolución y el del Orden.

De la coexistencia de esos dos principios pueden surgir situaciones bien diversas:

a. El revoluciónario de pequeña velocidad : se deja arrastrar por la Revolución, a la cual opone apenas la resistencia de la inercia.

b. El revoluciónario de velocidad lenta, pero con “coágulos” contra-revoluciónarios. También éste se deja arrastrar por la Revolución. Pero en algún punto concreto la rechaza. Así, por ejemplo, será socialista en todo, pero conservará el gusto por los modales aristocráticos. Según el caso, llegará incluso a atacar la vulgaridad socialista. Sin duda, se trata de una resistencia. Pero resistencia en un pormenor, que no se remonta a los principios, toda ella constituída por hábitos e impresiones. Resistencia por eso mismo sin mayor alcance, que morirá con el individuo, y que, si se diera en un grupo social, tarde o temprano, por la violencia o por la persuasión, en una o en algunas generaciones, será desmantelada por la Revolución en su curso inexorable.

c. El  “semi-contra-revoluciónario” (cfr. Parte I, cap. IX): se diferencia del anterior sólo por el hecho de que en él el proceso de “coagulación” fue más enérgico y remontó hasta la zona de los principios básicos. De algunos principios, se entiende, y no de todos. En él, la reacción contra la Revolución es más pertinaz, más viva. Constituye un obstáculo que no es sólo de inercia. Su conversión a una posición enteramente contra-revoluciónaria es más fácil, por lo menos en tesis. Cualquier exceso de la Revolución puede determinar en él una transformación cabal, una cristalización de todas las tendencias buenas, en una actitud de firmeza inquebrantable. Mientras esta feliz transformación no se dé, el “semi-contra-revoluciónario” no puede ser considerado un soldado de la Contra-Revolución.

Es característica del conformismo del revoluciónario de marcha lenta, y del “semi-contra-revoluciónario”, la facilidad con que ambos aceptan las conquistas de la Revolución. Afirmando la tesis de la unión de la Iglesia y el Estado, por ejemplo, viven displicentemente en el régimen de la hipótesis, es decir, de la separación, sin intentar ningún esfuerzo serio para que se haga posible restaurar algún día, en condiciones convenientes, la unión.

 

 B. Monarquías protestantes – Repúblicas católicas

 Una objeción que se podría hacer a nuestra tesis consistiría en decir que, si el movimiento republicano universal es fruto del espíritu protestante, no se comprende cómo, actualmente, sólo haya en el mundo un Rey católico, y tantos países protestantes se conserven monárquicos.

La explicación es simple. Inglaterra, Holanda y las naciones nórdicas, por toda una serie de razones históricas, psicológicas, etc., son muy afines a la monarquía. Al penetrar en ellas, la Revolución no consiguió evitar que el sentimiento monárquico “coagulase”. Así, la realeza viene sobreviviendo obstinadamente en esos países, a pesar de que en ellos la Revolución va penetrando cada vez más a fondo en otros campos. “Sobreviviendo”... sí, en la medida en que morir poco a poco puede ser llamado sobrevivir. Pues la monarquía inglesa, reducida en grandísima medida a un papel de pompa, y las demás realezas protestantes, transformadas para casi todos los efectos en repúblicas cuyo jefe es vitalicio y hereditario, van agonizando suavemente, y, de continuar así las cosas, se extinguirán sin ruido.

Sin negar que otras causas contribuyen a esta sobrevida, queremos, sin embargo, poner en evidencia ese factor -muy importante, por lo demás- que se sitúa en el ámbito de nuestra exposición.

Por el contrario, en las naciones latinas, el amor a una disciplina externa y visible, a un poder público fuerte y prestigioso, es -por muchas razones- bastante menor.

La Revolución no encontró en ellas, pues, un sentimiento monárquico tan arraigado. Derribó los tronos fácilmente. Pero hasta ahora no fue suficientemente fuerte para arrastrar a la Religión.

 

 C. La austeridad protestante

 Otra objeción a nuestro trabajo podría venir del hecho de que ciertas sectas protestantes son de una austeridad que raya en lo exagerado. ¿Cómo, pues, explicar todo el protestantismo por una explosión del deseo de gozar la vida?

Aún aquí, la objeción no es difícil de resolver. Al penetrar en ciertos ambientes, la Revolución encontró muy vivaz el amor a la austeridad. Así, se formó un “coágulo”. Y, si bien que ella haya conseguido ahí en materia de orgullo todos los triunfos, no alcanzó éxitos iguales en materia de sensualidad. En tales ambientes, se goza la vida por medio de los discretos deleites del orgullo, y no por las groseras delicias de la carne. Hasta puede ser que la austeridad, estimulada por el orgullo exacerbado, haya reacciónado exageradamente contra la sensualidad. Pero esa reacción, por más obstinada que sea, es estéril: tarde o temprano, por inanición o por la violencia, será destrozada por la Revolución. Pues no es de un puritanismo rígido, frío, momificado, de donde puede partir el soplo de vida que regenerará la tierra.

 

 D. El frente único de la Revolución

 Tales “coagulaciones” y cristalizaciones conducen normalmente al entrechoque de las fuerzas de la Revolución. Al considerar esto, se diría que las potencias del mal están divididas contra sí mismas, y que es falsa nuestra concepción unitaria del proceso revoluciónario.

Ilusión. Esas fuerzas, por un instinto profundo, que muestra que son armónicas en sus elementos esenciales y contradictorias sólo en sus accidentes, tienen una sorprendente capacidad de unirse contra la Iglesia Católica, siempre que se encuentren frente a Ella.

Estériles en los elementos buenos que les resten, las fuerzas revoluciónarias sólo son realmente eficientes para el mal. Y así, cada cual ataca por su lado a la Iglesia, que queda como una ciudad sitiada por un inmenso ejército.

Entre esas fuerzas de la Revolución, no se debe omitir a los católicos que profesan la doctrina de la Iglesia pero están dominados por el espíritu revoluciónario. Mil veces más peligrosos que los enemigos declarados, combaten a la Ciudad Santa dentro de sus propios muros, y bien merecen lo que de ellos dijo Pío IX:  “Aún cuando los hijos del siglo sean más hábiles que los hijos de la luz, sus ardides y sus violencias tendrían, sin duda, menos éxito si un gran número, entre aquellos que se llaman católicos, no les tendiesen una mano amiga. Sí, infelizmente, hay quienes parecen querer caminar de acuerdo con nuestros enemigos, y se esfuerzan por establecer una alianza entre la luz y las tinieblas, un acuerdo entre la justicia y la iniquidad por medio de esas doctrinas que se llaman católico-liberales, las cuales, apoyándose sobre los más perniciosos principios, adulan al poder civil cuando éste invade las cosas espirituales, e impulsan a las almas al respeto, o al menos a la tolerancia, de las leyes más inicuas. Como si absolutamente no estuviese escrito que nadie puede servir a dos señores. Ellos son ciertamente mucho más peligrosos y más funestos que los enemigos declarados, no sólo porque los secundan en sus esfuerzos, tal vez sin percibirlo, como también porque, manteniéndose en el extremo límite de las opiniones condenadas, toman una apariencia de integridad y de doctrina irreprochable, incitando a los imprudentes amigos de conciliaciones y engañando a las personas honestas, que se rebelarían contra un error declarado. Por eso, ellos dividen los espíritus, rasgan la unidad y debilitan las fuerzas que sería necesario reunir contra el enemigo” (Carta al Presidente y miembros del Círculo San Ambrosio de Milán, 6.III.1873, apud.  I Papi e la Gioventù - Editora A.V.E., Roma, 1944, p. 36).

 

 6. Los agentes de la Revolución: la Masonería y las demás fuerzas secretas

 Una vez que estamos estudiando las fuerzas propulsoras de la Revolución, conviene que digamos una palabra sobre sus agentes.

No creemos que el mero dinamismo de las pasiones y de los errores de los hombres pueda conjugar medios tan diversos para la consecución de su único fin, es decir, la victoria de la Revolución.

Producir un proceso tan coherente, tan continuo, como el de la Revolución, a través de las mil vicisitudes de siglos enteros, llenos de imprevistos de todo orden, nos parece imposible sin la acción de generaciones sucesivas de conspiradores de una inteligencia y un poder extraordinarios. Pensar que sin esto la Revolución habría llegado al estado en que se encuentra, es lo mismo que admitir que centenas de letras lanzadas por una ventana pudieran disponerse espontáneamente en el suelo, de manera que formasen una obra cualquiera, por ejemplo la  “Oda a Satanás” de Carducci.

Las fuerzas propulsoras de la Revolución han sido manipuladas hasta aquí por agentes sagacísimos, que se han servido de ellas como medios para realizar el proceso revoluciónario.

De modo general, pueden calificarse de agentes de la Revolución todas las sectas, de cualquier naturaleza, engendradas por ella, desde su nacimiento hasta nuestros días, para la difusión del pensamiento o la articulación de las tramas revoluciónarias. Sin embargo, la secta-maestra, alrededor de la cual todas se articulan como simples fuerzas auxiliares  -a veces conscientemente, y otras veces no- es la Masonería, según claramente se desprende de los documentos pontificios, y especialmente de la Encíclica  Humanum Genus de León XIII, del 20 de abril de 1884 (Bonne Presse, París, vol. I, pp. 242-276).

El éxito que hasta aquí han alcanzado esos conspiradores, y particularmente la Masonería, se debe no sólo al hecho de que poseen una indiscutible capacidad para articularse y conspirar, sino también a su lúcido conocimiento de lo que es la esencia profunda de la Revolución, y de cómo utilizar las leyes naturales -hablamos de las de la política, de la sociología, de la psicología, del arte, de la economía, etc.- para hacer progresar la realización de sus planes.

En este sentido los agentes del caos y de la subversión hacen como el científico, que en vez de actuar por sí solo, estudia y pone en acción las fuerzas, mil veces más poderosas, de la naturaleza.

Es lo que, además de explicar en gran parte el éxito de la Revolución, constituye una importante indicación para los soldados de la Contra-Revolución.

 

 

Capítulo VII

La esencia de la Revolución

 

 Descrita así rápidamente la crisis del Occidente cristiano, es oportuno analizarla.

 

 1. La Revolución por excelencia

 Ese proceso crítico de que nos venimos ocupando es, ya lo dijimos, una revolución.

 

 A. Sentido de la palabra  “Revolución”

 Damos a este vocablo el sentido de un movimiento que persigue destruir un poder o un orden legítimo e instalar en su lugar un estado de cosas (intenciónalmente no queremos decir orden de cosas) o un poder ilegítimo.

 

 B. Revolución cruenta e incruenta

 En este sentido, en rigor, una revolución puede ser incruenta. Esta de que nos ocupamos se desarrolló y continúa desarrollándose por toda suerte de medios, algunos de los cuales cruentos, y otros no. Las dos guerras mundiales de este siglo, por ejemplo, consideradas en sus consecuencias más profundas, son capítulos de ella, y de los más sangrientos. Mientras que la legislación cada vez más socialista de todos o casi todos los pueblos de hoy constituye un progreso importantísimo e incruento de la Revolución.

 

 C. La amplitud de esta Revolución

 La Revolución ha derribado muchas veces autoridades legítimas, substituyéndolas por otras sin ningún título de legitimidad. Pero sería errado pensar que ella consiste sólo en esto. Su objetivo principal no es sólo la destrucción de estos o de aquellos derechos de personas o familias. Ella quiere destruir todo un orden de cosas legítimo, y substituirlo por una situación ilegítima. Y “orden de cosas” aún no lo dice todo. Lo que la Revolución pretende abolir es una visión del universo y un modo de ser del hombre, con la intención de substituirlos por otros radicalmente contrarios.

 

 D. La Revolución por excelencia

 En este sentido se comprende que esta Revolución no es sólo una revolución, sino que es la Revolución.

 

 E. La destrucción del orden por excelencia

 En efecto, el orden de cosas que viene siendo destruído es la Cristiandad medieval. Ahora bien, esa Cristiandad no fue un orden cualquiera, posible como serían posibles muchos otros órdenes. Fue la realización, en las circunstancias inherentes a los tiempos y lugares, del único orden verdadero entre los hombres, o sea, la civilización cristiana.

 En la Encíclica  “Inmortale Dei”, León XIII describió en estos términos la Cristiandad medieval: “Hubo un tiempo en que la filosofía del Evangelio gobernaba los Estados. En esa época la influencia de la sabiduría cristiana y su virtud divina penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres de los pueblos, todas las categorías y todas las relaciones de la sociedad civil. Entonces la religión instituida por Jesucristo, sólidamente establecida en el grado de dignidad que le es debido, era floreciente en todas partes gracias al favor de los príncipes y a la protección legítima de los magistrados. Entonces el Sacerdocio y el Imperio estaban ligados entre sí por una feliz concordia y por la permuta amistosa de buenos oficios. Organizada así, la sociedad civil dio frutos superiores a toda expectativa, cuya memoria subsiste y subsistirá, consignada como está en innumerables documentos que ningún artificio de los adversarios podrá corromper u obscurecer.”  (Encíclica  Inmortale Dei, 1.XI.1885 -  Bonne Presse , París, vol. II, p. 39).

Así, lo que ha sido destruido, desde el siglo XV hasta ahora, aquello cuya destrucción ya está casi enteramente  consumada en nuestros días, es la disposición de los hombres y de las cosas según la doctrina de la Iglesia, Maestra de la Revelación y de la Ley Natural. Esta disposición es el orden por excelencia. Lo que se quiere implantar es, per diametrum, lo contrario de esto. Por tanto, la Revolución por excelencia.

Sin duda, la presente Revolución tuvo precursores, y también prefiguras. Arrio, Mahoma, fueron, por ejemplo, prefiguras de Lutero. Hubo también utopistas en diferentes épocas, que concibieron, en sueños, días muy parecidos a los de la Revolución. Hubo por fin, en diversas ocasiones, pueblos o grupos humanos que intentaron realizar un estado de cosas análogo a las quimeras de la Revolución.

 Pero todos estos sueños, todas estas prefiguras poco o nada son en comparación con la Revolución en cuyo proceso vivimos. Esta, por su radicalidad, por su universalidad, por su pujanza, fué tan hondo y está llegando tan lejos que constituye algo sin par en la Historia, y hace que muchos espíritus ponderados se pregunten si realmente no llegamos a los tiempos del Anticristo. De hecho, parece que no estamos distantes, a juzgar por las palabras del Santo Padre Juan XXIII, gloriosamente reinante:  “Nos os decimos, además, que en esta hora terrible en que el espíritu del mal busca todos los medios para destruir el Reino de Dios, debéis poner en acción todas las energías para defenderlo, si queréis evitar a vuestra ciudad ruinas inmensamente mayores que las acumuladas por el terremoto de cincuenta años atrás. ¡Cuánto más difícil sería entonces el resurgimiento de las almas, una vez que hubiesen sido separadas de la Iglesia o sometidas como esclavas a las falsas ideologías de nuestro tiempo!” (Radiomensaje del 28.XII.1958, a la población de Messina, en el 50º aniversario del terremoto que destruyó esa ciudad - in “L'Osservatore Romano”, edición semanal en lengua francesa del 23.I.1959).

 

 2. Revolución y legitimidad

 A. La legitimidad por excelencia

 En general, la noción de legitimidad ha sido enfocada apenas en relación a dinastías y gobiernos. Atendidas las enseñanzas de León XIII en la Encíclica  “Au Milieu des Sollicitudes”, del 16 de febrero de 1892 (Bonne Presse, París, vol. III, pp.112-122), no se puede, sin embargo, hacer tabla rasa de la cuestión de la legitimidad dinástica o gubernamental, pues es cuestión moral gravísima que las conciencias rectas deben considerar con toda atención.

No obstante, no es sólo a este género de problemas que se aplica el concepto de legitimidad.

Hay una legitimidad más alta, aquella que es la característica de todo orden de cosas en que se haga efectiva la Realeza de Nuestro Señor Jesucristo, modelo y fuente de la legitimidad de todas las realezas y poderes terrenos. Luchar por la autoridad legítima es un deber, y hasta un deber grave. Pero es preciso ver en la legitimidad de los detentores de la autoridad no sólo un bien excelente en sí, sino un medio para alcanzar un bien aún mucho mayor, o sea, la legitimidad de todo el orden social, de todas las instituciones y ambientes humanos, lo que se da con la disposición de todas las cosas según la doctrina de la Iglesia.

 

 B. Cultura y civilización católicas

 El ideal de la Contra-Revolución es, pues, restaurar y promover la cultura y la civilización católicas. Esta temática no estaría suficientemente enunciada, si no contuviese una definición de lo que entendemos por “cultura católica”  y  “civilización católica”. Sabemos que los términos “civilización”  y “cultura” son usados en muchos sentidos diversos. Claro está que aquí no pretendemos tomar posición en una cuestión de terminología. Y que nos limitamos a usar esos vocablos como rótulos de precisión relativa para menciónar ciertas realidades, más preocupados en dar la verdadera idea de esas realidades, que en discutir sobre los términos.

Un alma en estado de gracia está en posesión, en grado mayor o menor, de todas las virtudes. Iluminada por la fe, dispone de los elementos para formar la única visión verdadera del universo.

El elemento fundamental de la cultura católica es la visión del universo elaborada según la doctrina de la Iglesia. Esa cultura comprende no sólo la instrucción, es decir, la posesión de los datos informativos necesarios para tal elaboración, sino también un análisis y una coordinación de esos datos conforme a la doctrina católica. Ella no se ciñe al campo teológico, o filosófico, o científico, sino que abarca todo el saber humano, se refleja en el arte e implica la afirmación de valores que impregnan todos los aspectos de la existencia.

Civilización católica es la estructuración de todas las relaciones humanas, de todas las instituciones humanas y del propio Estado, según la doctrina de la Iglesia.

 

 C. Carácter sacral de la civilización católica

 Está implícito que tal orden de cosas es fundamentalmente sacral, y que comporta el reconocimiento de todos los poderes de la Santa Iglesia y particularmente del Sumo Pontífice: poder directo sobre las cosas espirituales, poder indirecto sobre las cosas temporales, en cuanto se refieren a la salvación de las almas.

Realmente, el fin de la sociedad y del Estado es la vida virtuosa en común. Ahora bien, las virtudes que el hombre está llamado a practicar son las virtudes cristianas, y de éstas la primera es el amor a Dios. La sociedad y el Estado tienen, pues, un fin sacral (cfr. Santo Tomás,  “De regimine Principum”, I, 14-15).

Por cierto, es a la Iglesia a quien pertenecen los medios propios para promover la salvación de las almas. Pero la sociedad y el Estado tienen medios instrumentales para el mismo fin, es decir, medios que, movidos por un agente más alto, producen un efecto superior a sí mismos.

 

 D. Cultura y civilización por excelencia

 De todos estos datos es fácil inferir que la cultura y la civilización católicas son la cultura por excelencia y la civilización por excelencia. Es preciso añadir que ellas no pueden existir sino en pueblos católicos. Realmente, si bien el hombre puede conocer los principios de la Ley Natural por su propia razón, un pueblo no puede, sin el Magisterio de la Iglesia, mantenerse durablemente en el conocimiento de todos ellos (cfr. Concilio Vaticano I, ses. III, cap. 2, D. 1786). Y, por este motivo, un pueblo que no profese la verdadera Religión no puede practicar durablemente todos los Mandamientos (cfr. Concilio de Trento, ses. VI, cap. 2, D. 812). En estas condiciones, y como sin el conocimiento y la observancia de la Ley de Dios no puede haber orden cristiano, la civilización y la cultura por excelencia sólo son posibles en el gremio de la Santa Iglesia. En efecto, de acuerdo con lo que dijo San Pío X, la civilización “es tanto más verdadera, más durable, más fecunda en frutos preciosos cuanto más puramente cristiana; tanto más decadente, para gran desgracia de la sociedad, cuanto más se substrae al ideal cristiano. Por eso, por la fuerza intrínseca de las cosas, la Iglesia se convierta también de hecho en la guardiana y protectora de la civilización cristiana” (Encíclica  “Il Fermo Propósito”, 11.VI.1905 -  Bonne Presse , París, vol.II, p. 92).

 

 E. La ilegitimidad por excelencia

 Si en esto consisten el orden y la legitimidad, fácilmente se ve en qué consiste la Revolución. Pues es lo contrario de ese orden. Es el desorden y la ilegitimidad por excelencia.

 

 3. La Revolución, el orgullo y la sensualidad – Los valores metafísicos de la Revolución

 Dos nociones concebidas como valores metafísicos expresan bien el espíritu de la Revolución: igualdad absoluta, libertad completa. Y dos son las pasiones que más la sirven: el orgullo y la sensualidad.

Al referirnos a las pasiones, conviene esclarecer el sentido en que tomamos el vocablo en este trabajo. Para mayor brevedad, conformándonos con el uso de varios autores espirituales, siempre que hablamos de las pasiones como fautoras de la Revolución, nos referimos a las pasiones desordenadas. Y, de acuerdo con el lenguaje corriente, incluímos en las pasiones desordenadas todos los impulsos al pecado existentes en el hombre como consecuencia de la triple concupiscencia: la de la carne, la de los ojos y la soberbia de la vida (cfr. I Jo. 2, 16).

 

 A. Orgullo e igualitarismo

 La persona orgullosa, sujeta a la autoridad de otra, odia en primer lugar el yugo que en concreto pesa sobre ella.

En un segundo grado, el orgulloso odia genéricamente todas las autoridades y todos los yugos, y más aún el propio principio de autoridad, considerado en abstracto.

Y porque odia toda autoridad, odia también toda superioridad, de cualquier orden que sea.

En todo esto hay un verdadero odio a Dios (cfr. ítem. m, infra).

Este odio a cualquier desigualdad ha ido tan lejos que, movidas por él, personas colocadas en una alta situación la han puesto en grave riesgo y hasta perdido, sólo por no aceptar la superioridad de quien está más alto.

Más aún. En un auge de virulencia el orgullo podría llevar a alguien a luchar por la anarquía y a rehusar el poder supremo que le fuese ofrecido. Esto porque la simple existencia de ese poder trae implícita la afirmación del principio de autoridad, a que todo hombre en cuanto tal -y el orgulloso también- puede ser sujeto.

El orgullo puede conducir, así, al igualitarismo más radical y completo.

Son varios los aspectos de ese igualitarismo radical y metafísico:

a. Igualdad entre los hombres y Dios: de ahí el panteísmo, el inmanentismo y todas las formas esotéricas de religión, que pretenden establecer un trato de igual a igual entre Dios y los hombres, y que tienen por objetivo saturar a estos últimos de propiedades divinas. El ateo es un igualitario que, queriendo evitar el absurdo que hay en afirmar que el hombre es Dios, cae en otro absurdo, afirmando que Dios no existe. El laicismo es una forma de ateísmo, y por tanto de igualitarismo. Afirma la imposibilidad de que se tenga certeza de la existencia de Dios. De donde, en la esfera temporal, el hombre debe actuar como si Dios no existiese. O sea, como persona que destronó a Dios.

b. Igualdad en la esfera eclesiástica: supresión del sacerdocio dotado de los poderes del orden, magisterio y gobierno, o por lo menos de un sacerdocio con grados jerárquicos.

c. Igualdad entre las diversas religiones: todas las discriminaciones religiosas son antipáticas porque ofenden la fundamental igualdad entre los hombres. Por esto, las diversas religiones deben tener un tratamiento rigurosamente igual. El que una religión se pretenda verdadera con exclusión de las otras es afirmar una superioridad, es contrario a la mansedumbre evangélica e impolítico, pues le cierra el acceso a los corazones.

d. Igualdad en la esfera política: supresión, o por lo menos atenuación, de la desigualdad entre gobernantes y gobernados. El poder no viene de Dios, sino de la masa que manda, a la cual el gobierno debe obedecer. Proscripción de la monarquía y de la aristocracia como regímenes intrínsecamente malos por ser anti-igualitarios. Sólo la democracia es legítima, justa y evangélica (cfr. San Pío X, Carta Apostólica “Notre Charge Apostolique”, 25.VIII.1910, A.A.S. vol. II, pp. 615-619).

e. Igualdad en la estructura de la sociedad: supresión de las clases, especialmente de las que se perpetúan por la vía hereditaria. Abolición de toda influencia aristocrática en la dirección de la sociedad y en el  tonus general de la cultura y de las costumbres. La jerarquía natural constituída por la superioridad del trabajo intelectual sobre el trabajo manual  desaparecerá por la superación de la distinción entre uno y otro.

f. Abolición de los cuerpos intermedios entre los individuos y el Estado, así como de los privilegios que son elementos inherentes a cada cuerpo social. Por más que la Revolución odie el absolutismo regio, odia más aún los cuerpos intermedios y la monarquía orgánica medieval. Es que el absolutismo monárquico tiende a poner a los súbditos, aun a los de más categoría, en un nivel de recíproca igualdad, en una situación disminuída que ya preanuncia la aniquilación del individuo y el anonimato, los cuales llegan al auge en las grandes concentraciones urbanas de la sociedad socialista. Entre los grupos intermedios que serán abolidos, ocupa el primer lugar la familia. Mientras no consigue extinguirla, la Revolución procura reducirla, mutilarla y vilipendiarla de todos los modos.

g. Igualdad económica: nada pertenece a nadie, todo pertenece a la colectividad. Supresión de la propiedad privada, del derecho de cada cual al fruto integral de su propio trabajo y a la elección de su profesión.

h. Igualdad en los aspectos exteriores de la existencia: la variedad redunda fácilmente en la desigualdad de nivel. Por eso, disminución en cuanto sea posible de la variedad en los trajes, en las residencias, en los muebles, en los hábitos, etc.

i. Igualdad de almas: la propaganda modela todas las almas según un mismo padrón, quitándoles las peculiaridades y casi la vida propia. Hasta las diferencias de psicología y de actitud entre los sexos tienden a menguar lo más posible. Por todo esto, desaparece el pueblo, que es esencialmente una gran familia de almas diversas pero armónicas, reunidas alrededor de lo que les es común. Y surge la masa, con su gran alma vacía, colectiva, esclava (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 - Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

j. Igualdad en todo el trato social: como entre mayores y menores, patrones y empleados, profesores y alumnos, esposo y esposa, padres e hijos, etc.

k. Igualdad en el orden internaciónal: el Estado es constituído por un pueblo independiente que ejerce pleno dominio sobre un territorio. La soberanía es, así, en el Derecho Público, la imagen de la propiedad. Admitida la idea de pueblo, con características que lo diferencian de los otros, y la de soberanía, estamos forzosamente en presencia de desigualdades: de capacidad, de virtud, de número, etc. Admitida la idea de territorio, tenemos la desigualdad cuantitativa y cualitativa de los diversos espacios territoriales. Se comprende, pues, que la Revolución, fundamentalmente igualitaria, sueñe con fundir todas las razas, todos los pueblos y todos los Estados en una sola raza, un solo pueblo y un solo Estado (cfr. Parte I, cap. XI, 3).

l. Igualdad entre las diversas partes del país: por las mismas razones y por un mecanismo análogo, la Revolución tiende a abolir en el interior de las patrias ahora existentes todo sano regionalismo político, cultural, etc.

m. Igualitarismo y odio a Dios: Santo Tomás enseña (cfr. “Summa Contra Gentiles”, II, 45; “Summa Teologica”, I, q. 47, a. 2) que la diversidad de las criaturas y su escalonamiento jerárquico son un bien en sí, pues así resplandecen mejor en la creación las perfecciones del Creador. Y dice que tanto entre los Angeles (cfr. “Summa Teologica”, I, q. 50, a. 4) como entre los hombres, en el Paraíso Terrenal como en esta tierra de exilio (cfr. op. cit., I, q. 96, a. 3-4), la Providencia instituyó la desigualdad. Por eso, un universo de criaturas iguales sería un mundo en que se habría eliminado, en toda la medida de lo posible, la semejanza entre criaturas y Creador. Odiar, en principio, toda y cualquier desigualdad es, pues, colocarse metafísicamente contra los mejores elementos de semejanza entre el Creador y la creación, es odiar a Dios.

n. Los límites de la desigualdad: claro está que de toda esta explanación doctrinaria no se puede concluir que la desigualdad es siempre y necesariamente un bien.

Todos los hombres son iguales por naturaleza, y diferentes sólo en sus accidentes. Los derechos que les vienen del simple hecho de ser hombres son iguales para todos: derecho a la vida, a la honra, a condiciones de existencia suficientes, al trabajo y, pues, a la propiedad, a la constitución de una familia, y sobre todo al conocimiento y práctica de la verdadera Religión. Y las desigualdades que atenten contra esos derechos son contrarias al orden de la Providencia. Sin embargo, dentro de estos límites, las desigualdades provenientes de accidentes como la virtud, el talento, la belleza, la fuerza, la familia, la tradición, etc., son justas y conformes al orden del universo (cfr. Pío XII, Radiomensaje de Navidad de 1944 - Discorsi e Radiomessaggi, vol. VI, p. 239).

 

 B. Sensualidad y liberalismo

 A la par del orgullo, generador de todo igualitarismo, la sensualidad, en el más amplio sentido del término, es la causa del liberalismo. Es en estas tristes profundidades donde se encuentra la conjunción entre esos dos principios metafísicos de la Revolución, la igualdad y la libertad, contradictorios bajo tantos puntos de vista.

a. La jerarquía en el alma: Dios, que imprimió un cuño jerárquico en toda la creación, visible e invisible, lo hizo también en el alma humana. La inteligencia debe guiar la voluntad, y ésta debe gobernar la sensibilidad. Como consecuencia del pecado original, existe en el hombre una constante fricción entre los apetitos sensibles y la voluntad guiada por la razón: “Veo en mis miembros otra ley, que combate contra la ley de mi razón” (Rom. 7, 23).

Pero la voluntad, reina reducida a gobernar súbditos puestos en continuas tentativas de rebelión, tiene medios para vencer siempre... mientras no resista a la gracia de Dios (cfr. Rom. 7, 25).

b. El igualitarismo en el alma: el proceso revoluciónario, que tiene como objetivo la nivelación general  -pero que tantas veces no ha sido sino la usurpación de la función rectora por parte de quien debería obedecer- una vez transpuesto a las relaciones entre las potencias del alma, habría de producir la lamentable tiranía de todas las pasiones desenfrenadas, sobre una voluntad débil y quebrada y una inteligencia obnubilada. Especialmente el dominio de una sensualidad abrasada sobre todos los sentimientos de recato y de pudor.

Cuando la Revolución proclama la libertad absoluta como un principio metafísico, lo hace únicamente para justificar el libre curso de las peores pasiones y de los errores más funestos.

c. Igualitarismo y liberalismo: la inversión de que hablamos, es decir, el derecho a pensar, sentir y hacer todo cuanto las pasiones desenfrenadas exigen, es la esencia del liberalismo. Esto se muestra bien en las formas más exacerbadas de la doctrina liberal. Analizándolas, se percibe que al liberalismo poco le importa la libertad para el bien. Sólo le interesa la libertad para el mal. Cuando está en el poder, fácilmente, y hasta alegremente, le cohibe al bien la libertad, en toda la medida de lo posible. Pero protege, favorece, prestigia, de muchas maneras, la libertad para el mal. En lo cual se muestra opuesto a la civilización católica, que da al bien todo el apoyo y toda la libertad, y cercena en lo posible al mal.

Ahora bien, esa libertad para el mal es precisamente la libertad para el hombre en cuanto interiormente “revoluciónario”, es decir, en cuanto consiente en la tiranía de las pasiones sobre su inteligencia y su voluntad.

Y así, el liberalismo es fruto del mismo árbol que el igualitarismo.

Por lo demás, el orgullo, en cuanto genera el odio a cualquier autoridad (cfr. ítem. A, supra), induce a una actitud nítidamente liberal. Y a este título debe ser considerado un factor activo del liberalismo. Sin embargo, cuando la Revolución se dio cuenta de que, si se dejara libres a los hombres, desiguales por sus aptitudes y su aplicación, la libertad engendraría la desigualdad, deliberó, por odio a ésta, sacrificar  aquella. De ahí nació su fase socialista. Esta fase no constituye sino una etapa. La Revolución espera, en su término final, realizar un estado de cosas en que la completa libertad coexista con la plena igualdad.

Así, históricamente, el movimiento socialista es un mero requinte del movimiento liberal. Lo que lleva a un liberal auténtico a aceptar el socialismo es precisamente que, en éste, se prohiben tiránicamente mil cosas buenas, o por lo menos inocentes, pero se favorece la satisfacción metódica, y a veces con aspectos de austeridad, de las peores y más violentas pasiones, como la envidia, la pereza, la lujuria. Y por otro lado, el liberal entrevé que la ampliación de la autoridad en el régimen socialista no pasa, dentro de la lógica del sistema, de ser un medio para llegar a la tan ansiada anarquía final.

Los entrechoques de ciertos liberales ingenuos o retardados con los socialistas, son, pues, meros episodios superficiales en el proceso revoluciónario, inocuos  quid pro quo que no perturban la lógica profunda de la Revolución, ni su marcha inexorable en un sentido que, bien vistas las cosas, es al mismo tiempo socialista y liberal.

d. La generación del  rock and roll : el proceso revoluciónario en las almas, así descrito, produjo en las generaciones más recientes, y especialmente en los adolescentes actuales que se hipnotizan con el  rock and roll , una forma de espíritu que se caracteriza por la espontaneidad de las reacciones primarias, sin el control de la inteligencia ni la participación efectiva de la voluntad; por el predominio de la fantasía y de las “vivencias” sobre el análisis metódico de la realidad: fruto, todo, en gran medida, de una pedagogía que reduce a casi nada el papel de la lógica y de la verdadera formación de la voluntad.

e. Igualitarismo, liberalismo y anarquismo: conforme a los ítems anteriores (a-d), si la efervescencia de las pasiones desordenadas despierta por un lado el odio a cualquier freno y cualquier ley, por otro lado provoca el odio contra cualquier desigualdad. Tal efervescencia conduce así a la concepción utópica del  anarquismo  marxista, según la cual una humanidad evoluciónada, que viviere en una sociedad sin clases ni gobierno, podría gozar del orden perfecto y de la más entera libertad, sin que de ésta se originase desigualdad  alguna. Como se ve, el ideal simultáneamente más liberal y más igualitario que se pueda imaginar.

En efecto, la utopía anárquica del marxismo consiste en un estado de cosas en el cual la personalidad humana habría alcanzado un alto grado de progreso, de tal manera que le sería posible desarrollarse libremente en una sociedad sin Estado ni gobierno.

En esa sociedad -que, a pesar de no tener gobierno, viviría en pleno orden- la producción económica estaría organizada y muy desarrollada, y la distinción entre trabajo intelectual y manual estaría superada. Un proceso selectivo aún no determinado llevaría a la dirección de la economía a los más capaces, sin que de ahí se derivase la formación de clases.

Estos serían los únicos e insignificantes residuos de desigualdad. Pero, como esa sociedad comunista anárquica no es el término final de la Historia, parece legítimo suponer que tales residuos serían abolidos en una ulterior evolución.

 

 

Capítulo VIII

La inteligencia, la voluntad y la sensibilidad, en la determinación de los actos humanos

 

 Las anteriores consideraciones piden un desarrollo respecto al papel de la inteligencia, de la voluntad y de la sensibilidad, en las relaciones entre error y pasión.

Podría parecer, en efecto, que afirmamos que todo error es concebido por la inteligencia para justificar alguna pasión desordenada. Así, el moralista que afirmase una máxima liberal sería siempre movido por una tendencia liberal.

No es lo que pensamos. Puede suceder que únicamente por debilidad de la inteligencia afectada por el pecado original, el moralista llegue a una conclusión liberal.

En tal caso, ¿habrá habido necesariamente alguna falta moral de otra naturaleza, o descuido, por ejemplo?  -Es una cuestión ajena a nuestro estudio.

Afirmamos, eso sí, que, históricamente, esta Revolución tuvo su primer origen en una violentísima fermentación de pasiones. Y estamos lejos de negar el gran papel de los errores doctrinarios en ese proceso.

 Muchos han sido los estudios de autores de gran valía, como De Maistre, De Bonald, Donoso Cortés y tantos otros, sobre tales errores y el modo por el cual fueron derivando unos de los otros, del siglo XV al siglo XVI, y así hasta el siglo XX. No es, pues, nuestra intención insistir aquí sobre el asunto.

Nos parece, sin embargo, particularmente oportuno enfocar la importancia de los factores “pasionales” y la influencia de éstos en los aspectos estrictamente ideológicos del proceso revoluciónario en que nos encontramos. Pues, a nuestro modo de ver, las atenciones están poco dirigidas hacia este punto, lo que trae una visión incompleta de la Revolución, y acarrea en consecuencia la adopción de métodos contra-revoluciónarios inadecuados.

Sobre el modo por el cual las pasiones pueden influir en las ideas, hay algo que añadir aquí.

 

 1. La naturaleza caída, la gracia y el libre albedrío

 El hombre, por las simples fuerzas de su naturaleza, puede conocer muchas verdades y practicar varias virtudes. No obstante, no le es posible, sin el auxilio de la gracia, permanecer durablemente en el conocimiento y en la práctica de todos los Mandamientos (cfr. Parte I, cap. VII, 2, D).

Esto quiere decir que en todo hombre caído existe siempre la debilidad de la inteligencia y una tendencia primera y anterior a cualquier raciocinio, que lo incita a rebelarse contra la Ley (Donoso Cortés, en el “Ensayo sobre el Catolicismo, el Liberalismo y el Socialismo” - Obras Completas, B.A.C., Madrid, 1946, tomo II, p. 377 - hace un importante desarrollo de esa verdad, la cual se relacióna mucho con el presente trabajo).

 

 2. El germen de la Revolución

 Tal tendencia fundamental a la rebelión puede, en un momento dado, tener el consentimiento del libre albedrío. El hombre caído peca, así, violando uno u otro Mandamiento. Pero su rebelión puede ir más allá, y llegar hasta el odio, más o menos inconfesado, al propio orden moral en su conjunto. Ese odio, revoluciónario por esencia, puede generar errores doctrinarios, y hasta llevar a la profesión consciente y explícita de principios contrarios a la Ley Moral y a la doctrina revelada, en cuanto tales, lo que constituye un pecado contra el Espíritu Santo. Cuando ese odio comenzó a dirigir las tendencias más profundas de la Historia de Occidente, tuvo inicio la Revolución cuyo proceso aun hoy se desarrolla y en cuyos errores doctrinarios aquél imprimió vigorosamente su marca. Este odio es la causa más activa de la gran apostasía de nuestros días. Por su naturaleza, es algo que no puede ser reducido simplemente a un sistema doctrinario: es la pasión desordenada, en altísimo grado de exacerbación.

Como es fácil ver, tal afirmación, relativa a esta Revolución en concreto, no implica decir que haya siempre una pasión desordenada en la raíz de todo error.

Y tampoco implica negar que muchas veces fue un error lo que desencadenó en esta o en aquella alma, o incluso en este o en aquel grupo social, el desarreglo de las pasiones.

Afirmamos tan sólo que el proceso revoluciónario, considerado en su conjunto, y también en sus principales episodios, tuvo por germen más activo y profundo el desarreglo de las pasiones.

 

 3. Revolución y mala fe

 Se podría tal vez oponer la siguiente objeción: si tal es la importancia de las pasiones en el proceso revoluciónario, parece que su víctima está siempre, por lo menos en alguna medida, de mala fe. Por ejemplo, si el protestantismo es hijo de la Revolución, ¿está de mala fe todo protestante? ¿No se contradice esto con la doctrina de la Iglesia que admite que haya, en otras religiones, almas de buena fe?

Es obvio que una persona de entera buena fe, y dotada de un espíritu fundamentalmente contra-revoluciónario, puede estar presa en las redes de los sofismas revoluciónarios (sean de índole religiosa, filosófica, política u otra cualquiera) por una ignorancia invencible. En personas así no hay culpa alguna.

 Mutatis mutandis, se puede decir lo mismo respecto a las que tienen la doctrina de la Revolución en uno u otro punto circunscrito, por un lapso involuntario de la inteligencia.

Pero si alguien participa del espíritu de la Revolución movido por las pasiones desordenadas inherentes a ella, la respuesta ha de ser otra.

 Un revoluciónario puede, en estas condiciones, estar persuadido de las excelencias de sus máximas subversivas. No será por tanto insincero. Pero tendrá culpa por el error en que cayó.

Y puede también suceder que el revoluciónario profese una doctrina de la cual no esté persuadido, o de la cual tenga una convicción incompleta.

En este caso, será parcial o totalmente insincero...

A este propósito, nos parece que casi no sería necesario acentuar que, cuando afirmamos que las doctrinas de Marx estaban implícitas en las negaciones de la Pseudo-Reforma y de la Revolución Francesa, no queremos decir que los adeptos de aquellos dos movimientos eran, conscientemente, marxistas  avant la lettre , y que ocultaban hipócritamente sus opiniones.

Lo propio de la virtud cristiana es la recta disposición de las potencias del alma y, por tanto, el incremento de la lucidez de la inteligencia iluminada por la gracia y guiada por el Magisterio de la Iglesia. No es por otra razón que todo santo es un modelo de equilibrio y de imparcialidad. La objetividad de sus juicios y la firme orientación de su voluntad para el bien no son debilitadas, ni siquiera levemente, por el hálito venenoso de las pasiones desordenadas.

Por el contrario, a medida que el hombre decae en la virtud y se entrega al yugo de esas pasiones, va menguando en él la objetividad en todo cuanto se relacióne con las mismas. De modo particular, esa objetividad resulta perturbada en los juicios que el hombre formule sobre sí mismo.

Hasta qué punto un revoluciónario  de marcha lenta  del siglo XVI o del siglo XVIII, obnubilado por el espíritu de la Revolución, se daba cuenta del sentido profundo y de las últimas consecuencias de su doctrina, es, en cada caso concreto, el secreto de Dios.

De cualquier forma, la hipótesis de que todos ellos fuesen marxistas conscientes se debe excluir enteramente.

 

 

Capítulo IX

También es hijo de la Revolución el  “semi-contra-revoluciónario”

 

 Todo lo que aquí se dijo fundamenta una observación de importancia práctica.

Ciertos espíritus marcados por esa Revolución interior podrán tal vez, por algún juego de circunstancias y de coincidencias, como una educación en un medio fuertemente tradiciónalista y moralizado, conservar en uno o en muchos puntos una actitud contra-revoluciónaria (cfr. Parte I, cap. VI, 5, A).

 Sin embargo, en la mentalidad de estos “semi-contra-revoluciónarios” se habrá entronizado el espíritu de la Revolución. Y en un pueblo donde la mayoría esté en tal estado de alma, la Revolución será incoercible mientras éste no cambie.

Así, la unidad de la Revolución trae, como contrapartida, que el contra-revoluciónario auténtico sólo podrá serlo totalmente.

En cuanto a los “semi-contra-revoluciónarios” en cuya alma comienza a vacilar el ídolo de la Revolución, la situación es un tanto diversa. Tratamos del asunto en la Parte II, cap. XII, 10.

 

Capítulo X

La cultura, el arte y los ambientes en la Revolución

 

 Así descritas la complejidad y amplitud que el proceso revoluciónario tiene en las zonas más profundas de las almas, y por tanto de la mentalidad de los pueblos, es más fácil señalar toda la importancia de la cultura, de las artes y de los ambientes en la marcha de la Revolución.

 

 1. La cultura

 Las ideas revoluciónarias proporciónan a las tendencias de las que nacieron, el medio de afirmarse con fueros de ciudadanía, a los ojos del propio individuo y de terceros. Ellas sirven al revoluciónario para debilitar, en estos últimos, las convicciones verdaderas y así desencadenar o agravar la rebelión de las pasiones. Son inspiración y molde para las instituciones generadas por la Revolución. Esas ideas pueden encontrarse en las más variadas ramas del saber o de la cultura, pues es difícil que alguna de ellas no esté implicada, por lo menos indirectamente, en la lucha entre la Revolución y la Contra-Revolución.

 

 2. Las artes

 En cuanto a las artes, como Dios estableció misteriosas y admirables relaciones entre ciertas formas, colores, sonidos, perfumes, sabores, y ciertos estados de alma, es claro que por estos medios se puede influenciar a fondo las mentalidades e inducir a personas, familias y pueblos a la formación de un estado de espíritu profundamente revoluciónario. Basta recordar la analogía entre el espíritu de la Revolución Francesa y las modas que durante ella surgieron. O entre las efervescencias revoluciónarias de hoy y las presentes extravagancias de las modas y de las escuelas artísticas llamadas avanzadas.

 

 3. Los ambientes

 En cuanto a los ambientes, en la medida en que favorecen costumbres buenas o malas, pueden oponer a la Revolución las admirables barreras de reacción, o por lo menos de inercia, de todo cuanto es sanamente consuetudinario; o pueden comunicar a las almas las toxinas y las energías tremendas del espíritu revoluciónario.

 

 4. Papel histórico de las artes y de los ambientes en el proceso revoluciónario

 Por esto, en concreto, es necesario reconocer que la democratización general de las costumbres y de los estilos de vida, llevada a los extremos de una vulgaridad sistemática y creciente, y la acción proletarizante de cierto arte moderno, contribuyeron al triunfo del igualitarismo tanto o más que la implantación de ciertas leyes, o de ciertas instituciones esencialmente políticas.

Como también es preciso reconocer que quien, por ejemplo, consiguiese hacer cesar el cine o la televisión inmorales o agnósticos, habría hecho por la Contra-Revolución mucho más que si provocase la caída de un gabinete izquierdista, en la rutina de un régimen parlamentario.

 

 

Capítulo XI

La Revolución, el pecado y la Redención – La utopía revoluciónaria

 

 Entre los múltiples aspectos de la Revolución, es importante resaltar que ella induce a sus hijos a subestimar o negar las nociones del bien y del mal, del pecado original y de la Redención.

 

 1. La Revolución niega el pecado y la Redención

 La Revolución es, como vimos, hija del pecado. Pero si lo reconociese, se desenmascararía y se volvería contra su propia causa.

Así se explica por qué la Revolución tiende, no sólo a silenciar la raíz de pecado de la cual brotó, sino también a negar la propia noción de pecado. Negación radical que incluye tanto la culpa original cuanto la actual, y se efectúa principalmente:

* Por sistemas filosóficos o jurídicos que niegan la validez y la existencia de cualquier ley moral o dan a ésta los fundamentos vanos y ridículos del laicismo.

* Por los mil procesos de propaganda que crean en las multitudes un estado de alma en el cual, sin afirmar directamente que la moral no existe, se hace abstracción de ella, y toda la veneración debida a la virtud es tributada a ídolos como el oro, el trabajo, la eficiencia, el éxito, la seguridad, la salud, la belleza física, la fuerza muscular, el gozo de los sentidos, etc.

Es la propia noción de pecado, la misma distinción entre el bien y el mal, lo que la Revolución va destruyendo en el hombre contemporáneo. E,  ipso facto , va negando la Redención de Nuestro Señor Jesucristo, que, sin el pecado, se vuelve incomprensible y pierde toda relación lógica con la Historia y la vida.

 

 2. Ejemplificación histórica: negación del pecado en el liberalismo y en el socialismo

 

 En cada una de sus etapas, la Revolución ha procurado subestimar o negar radicalmente el pecado.

 

 A. La concepción inmaculada del individuo

 En la fase liberal e individualista, ella enseñó que el hombre está dotado de una razón infalible, de una voluntad fuerte y de pasiones sin desarreglo. De ahí una concepción del orden humano, en la cual el individuo, reputado un ente perfecto, era todo, y el Estado nada, o casi nada, un mal necesario... provisionalmente necesario, tal vez. Fue el período en que se pensaba que la causa única de todos los errores y crímenes era la ignorancia. Abrir escuelas era cerrar prisiones. El dogma básico de estas ilusiones fue la concepción inmaculada del individuo.

La gran arma del liberal, para defenderse contra las posibles prepotencias del Estado, y para impedir la formación de camarillas que le quitasen la dirección de la cosa pública, eran las libertades políticas y el sufragio universal.

 

 B. La concepción inmaculada de las masas y del Estado

 Ya en el siglo pasado, el desacierto de esta concepción se volvió patente, por lo menos en parte. Pero la Revolución no retrocedió. En vez de reconocer su error, lo substituyó por otro. Fue la concepción inmaculada de las masas y del Estado. Los individuos son propensos al egoísmo y pueden errar. Pero las masas aciertan siempre y jamás se dejan llevar por las pasiones. Su impecable medio de acción es el Estado. Su infalible medio de expresión es el sufragio universal, del cual emanan los parlamentos impregnados de pensamiento socialista, o la voluntad fuerte de un dictador carismático, que guía siempre a las masas hacia la realización de la voluntad de éstas.

 

 3. La Redención por la ciencia y por la técnica: la utopía revoluciónaria

 De cualquier manera, depositando toda su confianza en el individuo considerado aisladamente, en las masas o en el Estado, es en el hombre en quien la Revolución confía. Autosuficiente por la ciencia y por la técnica, él puede resolver todos sus problemas, eliminar el dolor, la pobreza, la ignorancia, la inseguridad, en fin, todo aquello que llamamos efecto del pecado original o actual.

Un mundo en cuyo seno las patrias unificadas en una República Universal no sean sino denominaciones geográficas, un mundo sin desigualdades sociales ni económicas, dirigido por la ciencia y por la técnica, por la propaganda y por la psicología, para realizar, sin lo sobrenatural, la felicidad definitiva del hombre: he aquí la utopía hacia la cual la Revolución nos va encaminando.

En ese mundo, la Redención de Nuestro Señor Jesucristo nada tiene que hacer. Pues el hombre habrá superado el mal por la ciencia y habrá transformado la tierra en un  cielo  técnicamente delicioso. Y por la prolongación indefinida de la vida esperará vencer un día a la muerte.

 

 

Capítulo XII

Carácter pacifista y antimilitarista de la Revolución

 

 Lo expuesto en el capítulo anterior nos hace comprender fácilmente el carácter pacifista, y por tanto antimilitarista, de la Revolución.

 

 1. La ciencia abolirá las guerras, las Fuerzas Armadas y la policía

  En el paraíso técnico de la Revolución, la paz tiene que ser perpetua. Pues la ciencia demuestra que la guerra es un mal. Y la técnica consigue evitar todas las causas de las guerras.

De ahí una incompatibilidad fundamental entre la Revolución y las Fuerzas Armadas, las cuales deberán ser enteramente abolidas. En la República Universal habrá sólo una policía, mientras los progresos de la ciencia y de la técnica no acaben de eliminar el crimen.

 

 2. Incompatibilidad doctrinaria entre la Revolución y el uniforme

 El uniforme, por su simple presencia, afirma implícitamente algunas verdades, un tanto genéricas, sin duda, pero de índole ciertamente contra-revoluciónaria:

 * La existencia de valores que importan más que la vida y por los cuales se debe morir; lo que es contrario a la mentalidad socialista, toda hecha de horror al riesgo y al dolor, de adoración de la seguridad, y de supremo apego a la vida terrena.

 * La existencia de una moral, pues la condición militar está totalmente fundada sobre ideas de honor, de fuerza puesta al servicio del bien y dirigida contra el mal, etc.

 

 3. El  “temperamento” de la Revolución es contrario a la vida militar

 Por fin, entre la Revolución y el espíritu militar existe una antipatía “temperamental”. La Revolución, mientras no tiene todas las riendas en la mano, es locuaz, enredadora, declamatoria. Resolver las cosas directa, drástica y secamente,  more militari , desagrada a lo que podríamos llamar el actual temperamento de la Revolución. “Actual”, recalcamos, para aludir a ésta en la etapa en que se encuentra entre nosotros. Pues nada más despótico y cruel que la Revolución cuando es omnipotente: Rusia da de esto un elocuente ejemplo. Pero aun ahí la divergencia subsiste, puesto que el espíritu militar es algo bien diferente del espíritu del verdugo.

* * *

 Analizada así en sus varios aspectos la utopía revoluciónaria, damos por concluído el estudio de la Revolución.

 

 

PARTE II

 

LA CONTRA-REVOLUCIÓN

 

Capítulo I

Contra-Revolución y reacción

 

 1. La Contra-Revolución, lucha específica y directa contra la Revolución

 Si tal es la Revolución, la Contra-Revolución es, en el sentido literal de la palabra, despojado de las conexiones ilegítimas y más o menos demagógicas que a ella se juntaron en el lenguaje corriente, una “re-acción”. Es decir, una acción que es dirigida contra otra acción. Ella es frente a la Revolución lo que, por ejemplo, la Contra-Reforma fue frente a la Pseudo-Reforma.

 

 2. Nobleza de esa reacción

  Y de este carácter de reacción le viene a la Contra-Revolución su nobleza y su importancia. En efecto, si la Revolución es lo que nos va matando, nada es más indispensable que una reacción que tenga en vista aplastarla. Ser opuesto, en principio, a una reacción contra-revoluciónaria, es lo mismo que querer entregar el mundo al dominio de la Revolución.

 

 3. Reacción dirigida también contra los adversarios de hoy

 Conviene añadir que la Contra-Revolución, así vista, no es ni puede ser un movimiento en las nubes, que combata fantasmas. Ella tiene que ser la Contra-Revolución del siglo XX, hecha contra la Revolución como hoy en concreto ésta existe y, por lo tanto, contra las pasiones revoluciónarias como hoy crepitan, contra las ideas revoluciónarias como hoy se formulan, los ambientes revoluciónarios como hoy se presentan, el arte y la cultura revoluciónarios como hoy son, las corrientes y los hombres que, en cualquier nivel, son actualmente los fautores más activos de la Revolución. La Contra-Revolución no es, pues, una mera retrospección de los maleficios de la Revolución en el pasado, sino un esfuerzo para cortarle el camino en el presente.

 

 4. Modernidad e integridad de la Contra-Revolución

 La modernidad de la Contra-Revolución no consiste en cerrar los ojos ni en pactar, aunque sea en proporciones insignificantes, con la Revolución. Por el contrario, consiste en conocerla en su esencia invariable y en sus tan relevantes accidentes contemporáneos, combatiéndola en éstos y en aquélla, inteligente, perspicaz y planeadamente, con todos los medios lícitos, y utilizando el concurso de todos los hijos de la luz.

 

 

Capítulo II

Reacción e inmobilismo histórico

 

 1. Qué restaurar

 Si la Revolución es el desorden, la Contra-Revolución es la restauración del Orden. Y por Orden entendemos la paz de Cristo en el Reino de Cristo. O sea, la civilización cristiana, austera y jerárquica, fundamentalmente sacral, antiigualitaria y antiliberal.

 

 2. Qué innovar

 Sin embargo, por fuerza de la ley histórica según la cual el inmovilismo no existe en las cosas terrenas, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá tener características propias que lo distingan del Orden existente antes de la Revolución. Claro está que esta afirmación no se refiere a los principios, sino a los accidentes. Accidentes, no obstante, de tal importancia que merecen ser menciónados.

En la imposibilidad de extendernos sobre este asunto, digamos simplemente que, en general, cuando en un organismo se produce una fractura o dilaceración, la zona de soldadura o recomposición presenta dispositivos de protección especiales. Es, por las causas segundas, el desvelo amoroso de la Providencia contra la eventualidad de un nuevo desastre. Se observa esto con los huesos fracturados, cuya soldadura constituye un refuerzo en la propia zona de la fractura, o con los tejidos cicatrizados. Esta es una imagen material de un hecho análogo que sucede en el orden espiritual. El pecador que verdaderamente se enmienda tiene, por regla general, mayor horror al pecado del que tuvo en los mejores años anteriores a la caída. Es la historia de los Santos penitentes. Así también, después de cada prueba, la Iglesia emer ge particularmente armada contra el mal que procuró postrarla.

Ejemplo típico de esto es la Contra-Reforma.

En virtud de esa ley, el Orden nacido de la Contra-Revolución deberá refulgir, más aún que el de la Edad Media, en los tres puntos capitales en que éste fue vulnerado por la Revolución:

 * Un profundo respeto de los derechos de la Iglesia y del Papado y una sacralización, en toda la extensión de lo posible, de los valores de la vida temporal, todo por oposición al laicismo, al interconfesionalismo, al ateísmo y al panteísmo, así como a sus respectivas secuelas.

 * Un espíritu de jerarquía que marque todos los aspectos de la sociedad y del Estado, de la cultura y de la vida, por oposición a la metafísica igualitaria de la Revolución.

 * Una diligencia en detectar y en combatir el mal en sus formas embrionarias o veladas, en fulminarlo con execración y nota de infamia, en punirlo con inquebrantable firmeza en todas sus manifestaciones, particularmente en las que atenten contra la ortodoxia y la pureza de las costumbres, todo ello por oposición a la metafísica liberal de la Revolución y a la tendencia de ésta a dar libre curso y protección al mal.

 

 

Capítulo III

La Contra-Revolución y el prurito de novedades

 

 La tendencia de tantos de nuestros contemporáneos, hijos de la Revolución, a amar sin restricciones el presente, adorar el futuro y relegar incondiciónalmente el pasado al desprecio y al odio, suscita respecto a la Contra-Revolución un conjunto de incomprensiones que importa hacer cesar. Sobre todo, muchas personas se figuran que el carácter tradiciónalista y conservador de esta última hace de ella una adversaria nata del progreso humano.

 

 1. La Contra-Revolución es tradiciónalista

 A. Razón

 La Contra-Revolución, como vimos, es un esfuerzo que se desarrolla en función de una Revolución. Esta se vuelve constantemente contra todo un legado de instituciones, de doctrinas, de costumbres, de modos de ver, sentir y pensar cristianos que recibimos de nuestros mayores, que aún no están completamente abolidos. La Contra-Revolución es, pues, la defensora de las tradiciones cristianas.

 

 B. La mecha que aún humea

 La Revolución ataca a la civilización cristiana más o menos como cierto árbol de la selva brasileña, la higuera brava (urostigma olearia), que, creciendo en el tronco de otro árbol, lo envuelve completamente y lo mata. En sus corrientes “moderadas” y de velocidad lenta, la Revolución se acercó a la civilización cristiana para envolverla del todo y matarla. Estamos en un período en el que ese extraño fenómeno de destrucción aún no se completó, es decir, en una situación híbrida en que aquello a lo que casi llamaríamos restos mortales de la civilización cristiana, sumado al perfume y a la acción remota de muchas tradiciones -sólo recientemente abolidas, pero que todavía tienen algo de vivo en la memoria de los hombres- coexiste con muchas instituciones y costumbres revoluciónarias.

Frente a esa lucha entre una espléndida tradición cristiana en la cual aún palpita la vida, y una acción revoluciónaria inspirada por la manía de novedades a la que se refería León XIII en las palabras iniciales de la Encíclica “Rerum Novarum”, es natural que el verdadero contra-revoluciónario sea el defensor nato del tesoro de las buenas tradiciones, porque ellas son los valores del pasado cristiano todavía existentes y que se trata exactamente de salvar. En ese sentido, el contra-revoluciónario actúa como Nuestro Señor, que no vino a apagar la mecha que aún humea, ni a romper el arbusto partido (cfr. Mt. 12, 20). Debe, por tanto, procurar salvar amorosamente todas esas tradiciones cristianas. Una acción contra-revoluciónaria es, esencialmente, una acción tradiciónalista.

 

 C. Falso tradiciónalismo

 El espíritu tradiciónalista de la Contra-Revolución nada tiene en común con un falso y estrecho tradiciónalismo que conserva ciertos ritos, estilos o costumbres por mero amor a las formas antiguas y sin aprecio alguno por la doctrina que los engendró. Esto sería arqueologismo, no sano y vivo tradiciónalismo.

 

 2. La Contra-Revolución es conservadora

 ¿Es conservadora la Contra-Revolución? – En un sentido, sí, y profundamente. Y en otro sentido, no, también profundamente.

Si se trata de conservar, en el presente, algo que es bueno y merece vivir, la Contra-Revolución es conservadora.

Pero si se trata de perpetuar la situación híbrida en que nos encontramos, de detener el proceso revoluciónario en esta etapa, manteniéndonos inmóviles como una estatua de sal, al margen del camino de la Historia y del Tiempo, abrazados a lo que hay de bueno y de malo en nuestro siglo, buscando así una coexistencia perpetua y armónica del bien y del mal, la Contra-Revolución no es ni puede ser conservadora.

 

 3. La Contra-Revolución es condición esencial del verdadero progreso

 ¿Es progresista la Contra-Revolución? – Sí, si el progreso fuere auténtico. Y no, si fuere la marcha hacia la realización de la utopía revoluciónaria.

En su aspecto material, el verdadero progreso consiste en el recto aprovechamiento de las fuerzas de la naturaleza, según la Ley de Dios y a servicio del hombre. Por eso, la Contra-Revolución no pacta con el tecnicismo hipertrofiado de hoy, con la adoración de las novedades, de las velocidades y de las máquinas, ni con la deplorable tendencia a organizar  more mechanico la sociedad humana. Estos son excesos que Pío XII condenó con profundidad y precisión (cfr. Radiomensaje de Navidad de 1957, Discorsi e Radiomessaggi, vol. XIX, p. 670).

Tampoco es el progreso material de un pueblo, el elemento capital del progreso cristianamente entendido. Este consiste, sobre todo, en el pleno desarrollo de todas sus potencialidades de alma y en la ascensión de los hombres rumbo a la perfección moral. Una concepción contra-revoluciónaria del progreso implica, pues, la prevalencia de los aspectos espirituales de éste sobre los aspectos materiales. En consecuencia, es propio de la Contra-Revolución promover, entre los individuos y las multitudes, un aprecio mucho mayor por todo cuanto se refiera a la verdadera Religión, a la verdadera filosofía, al verdadero arte y a la verdadera literatura, que por lo relaciónado con el bien del cuerpo y el aprovechamiento de la materia.

Por fin, para marcar la diferencia entre los conceptos revoluciónario y contra-revoluciónario del progreso, conviene notar que el último toma en consideración que este mundo será siempre un valle de lágrimas y un tránsito para el Cielo, mientras que para el primero el progreso debe hacer de la tierra un paraíso en el cual el hombre viva feliz, sin pensar en la eternidad.

Por la propia noción de recto progreso, se ve que éste es lo contrario al proceso de la Revolución.

Así, la Contra-Revolución es condición esencial para que sea preservado el desarrollo normal del verdadero progreso y derrotada la utopía revoluciónaria, que de progreso sólo tiene apariencias falaces.

 

 

Capítulo IV

¿Qué es un contra-revoluciónario?

 

 Se puede responder a la pregunta del epígrafe de dos maneras:

 

 1. En estado actual

 En estado actual, contra-revoluciónario es quien:

 * Conoce la Revolución, el Orden y la Contra-Revolución en su espíritu, sus doctrinas y sus métodos respectivos.

 * Ama la Contra-Revolución y el Orden cristiano, odia la Revolución y el “anti-orden”.

 * Hace de ese amor y de ese odio el eje en torno del cual gravitan todos sus ideales, preferencias y actividades.

Claro está que esa actitud de alma no exige instrucción superior. Así como Santa Juana de Arco no era teóloga pero sorprendió a sus jueces por la profundidad teológica de sus pensamientos, así los mejores soldados de la Contra-Revolución, animados por una admirable comprensión de su espíritu y de sus objetivos, han sido muchas veces simples campesinos, de Navarra, por ejemplo, de la Vendée o del Tirol.

 

 2. En estado potencial

 En estado potencial, contra-revoluciónarios son quienes tienen una u otra de las opiniones y de los modos de sentir de los revoluciónarios, por inadvertencia o por cualquier otra razón ocasional, sin que el propio fondo de su personalidad esté afectado por el espíritu de la Revolución. Alertadas, esclarecidas, orientadas, esas personas adoptan fácilmente una posición contra-revoluciónaria. Y en esto se distinguen de los “semi-contra-revoluciónarios” de que atrás hablábamos (Parte I, cap. IX).

 

 

Capítulo V

La táctica de la Contra-Revolución

 

 La táctica de la Contra-Revolución puede ser considerada en personas, grupos o corrientes de opinión, en función de tres tipos de mentalidad: el contra-revoluciónario actual, el contra-revoluciónario potencial y el revoluciónario.

 

 1. En relación al contra-revoluciónario actual

  El contra-revoluciónario actual es menos raro de lo que nos parece a primera vista. Posee una clara visión de las cosas, un amor fundamental a la coherencia y un ánimo fuerte. Por esto tiene una noción lúcida de los desórdenes del mundo contemporáneo y de las catástrofes que se acumulan en el horizonte. Pero su propia lucidez le hace percibir toda la extensión del aislamiento en que tan frecuentemente se encuentra, en un caos que le parece sin solución. Entonces el contra-revoluciónario, muchas veces, se calla, abatido. Triste situación:  “Vae soli”, dice la Escritura (Ecle. 4, 10).

Una acción contra-revoluciónaria debe tener en vista, ante todo, detectar a esos elementos, hacer que se conozcan, que se apoyen los unos a los otros para la profesión pública de sus convicciones. Ella puede realizarse de dos modos diversos:

 

 A. Acción individual

  Esta acción debe ser hecha ante todo en escala individual. Nada más eficiente que la toma de posición contra-revoluciónaria franca y ufana de un joven universitario, de un oficial, de un profesor, de un sacerdote sobre todo, de un aristócrata o de un obrero influyente en su medio. La primera reacción que obtendrá será a veces de indignación. Pero si perseverare por un tiempo, que será más o menos largo según las circunstancias, verá, poco a poco, que aparecerán compañeros.

 

 B. Acción en conjunto

 Esos contactos individuales tienden, naturalmente, a suscitar en los diversos ambientes varios contra-revoluciónarios que se unen en una familia de almas cuyas fuerzas se multiplican por el propio hecho de la unión.

 

 2. En relación al contra-revoluciónario potencial

 Los contra-revoluciónarios deben presentar la Revolución y la Contra-Revolución en todos sus aspectos: religioso, político, social, económico, cultural, artístico, etc. Pues los contra-revoluciónarios potenciales las ven, en general, sólo por alguna faceta particular, y por ésta pueden y deben ser atraídos para la visión total de una y de otra. Un contra-revoluciónario que argumentase solamente en un plano, el político, por ejemplo, limitaría mucho su campo de atracción, exponiendo su acción a la esterilidad, y, por tanto, a la decadencia y a la muerte.

 

 3. En relación al revoluciónario

 A. La iniciativa contra-revoluciónaria

 Frente a la Revolución y a la Contra-Revolución no hay neutrales. Puede haber, eso sí, no combatientes, cuya voluntad o cuyas veleidades están, sin embargo, conscientemente o no, en uno de los dos campos. Por revoluciónarios entendemos, pues, no sólo a los partidarios integrales y declarados de la Revolución, sino también a los “semi-contra-revoluciónarios”.

La Revolución ha progresado, como vimos, a costa de ocultar su dimensión total, su espíritu verdadero, sus fines últimos.

El medio más eficiente de refutarla frente a los revoluciónarios consiste en mostrarla por entero, ya sea en su espíritu y en las grandes líneas de su acción, ya sea en cada una de sus manifestaciones o maniobras aparentemente inocentes e insignificantes. Arrancarle, así, los velos es asestarle el más duro de los golpes.

Por esta razón, el esfuerzo contra-revoluciónario debe entregarse a esta tarea con el mayor empeño.

Secundariamente, claro está, los otros recursos de una buena dialéctica son indispensables para el éxito de una acción contra-revoluciónaria.

Con el “semi-contra-revoluciónario”, así como también con el revoluciónario que tiene “coágulos” contra-revoluciónarios, hay ciertas posibilidades de colaboración, y esta colaboración crea un problema especial: ¿hasta qué punto es prudente? – A nuestro modo de ver, la lucha contra la Revolución sólo se desarrolla convenientemente vinculando entre sí a personas radical y enteramente exentas del virus de ésta. Que los grupos contra-revoluciónarios puedan colaborar con elementos como los arriba menciónados, en algunos objetivos concretos, se concibe fácilmente. Pero, admitir una colaboración omnímoda y estable con personas infectadas de cualquier influencia de la Revolución es la más flagrante de las imprudencias y tal vez la causa de la mayor parte de los fracasos contra-revoluciónarios.

 

 B. La contraofensiva revoluciónaria

  El revoluciónario, por regla general, es petulante, locuaz y exhibiciónista, cuando no tiene adversarios ante sí, o los tiene débiles. No obstante, si encuentra quien lo enfrente con ufanía y arrojo, se calla y organiza la campaña del silencio. Un silencio en medio del cual se advierte, sí, el discreto zumbar de la calumnia, o algún murmullo contra el “exceso de lógica” del adversario. Pero un silencio confuso y avergonzado que jamás es interrumpido por alguna réplica de valor. Ante ese silencio de confusión y derrota, podríamos decir al contra-revoluciónario victorioso las espirituosas palabras escritas por Veuillot en otra ocasión:  “Preguntad al silencio y nada os responderá” (Oeuvres Complètes, P.Lethielleux, Librairie-Editeur, París, vol. XXXIII, p. 349).

 

4. Elites y masas en la táctica contra-revoluciónaria

La Contra-Revolución debe procurar, en lo posible, conquistar a las multitudes. Sin embargo, no debe hacer de eso, en el plano inmediato, su objetivo principal; un contra-revoluciónario no tiene razón para desanimarse por el hecho de que la gran mayoría de los hombres no esté actualmente de su lado. Un estudio exacto de la Historia nos muestra, en efecto, que no fueron las masas las que hicieron la Revolución. Ellas se movieron en un sentido revoluciónario porque tuvieron por detrás élites revoluciónarias. Si hubiesen tenido detrás de sí élites de orientación opuesta, probablemente se habrían movido en un sentido contrario. El factor masa, según muestra la visión objetiva de la Historia, es secundario; lo principal es la formación de las élites. Ahora bien, para esa formación, el contra-revoluciónario puede estar siempre aparejado con los recursos de su acción individual y puede, pues, obtener buenos frutos, a pesar de la carencia de medios materiales y técnicos con que, a veces, tenga que luchar.

 

 

Capítulo VI

Los medios de acción de la Contra-Revolución

 

 1. Tender a los grandes medios de acción

  En principio, claro está, la acción contra-revoluciónaria merece tener a su disposición los mejores medios de televisión, radio, gran prensa, propaganda raciónal, eficiente y brillante. El verdadero contra-revoluciónario debe tender siempre a la utilización de tales medios, venciendo el estado de espíritu derrotista de algunos de sus compañeros, quienes, de antemano, abandonan la esperanza de disponer de ellos porque los ven siempre en poder de los hijos de las tinieblas.

No obstante, debemos reconocer que, en concreto, la acción contra-revoluciónaria tendrá que realizarse muchas veces sin esos recursos.

 

 2. Utilizar también los medios modestos: su eficacia

 Aun así, y con medios de los más modestos, podrá alcanzar resultados muy apreciables, si tales medios fueren utilizados con rectitud de espíritu e inteligencia. Como vimos, es concebible una acción contra-revoluciónaria reducida a la mera actuación individual. Pero no se la puede concebir sin esta última, la cual, siempre que sea bien hecha, abre las puertas a todos los progresos.

Los pequeños periódicos de inspiración contra-revoluciónaria, si son de buen nivel, tienen una eficacia sorprendente, principalmente para la tarea primordial de hacer que los contra-revoluciónarios se conozcan.

Tanto o más eficientes pueden ser el libro, la tribuna y la cátedra al servicio de la Contra-Revolución.

 

 

Capítulo VII

Obstáculos a la Contra-Revolución

 

 1. Escollos que los contra-revoluciónarios deben evitar

 Los escollos que los contra-revoluciónarios deben evitar consisten, muchas veces, en ciertos malos hábitos de agentes de la Contra-Revolución.

En las reuniones o en los impresos contra-revoluciónarios la temática debe ser cuidadosamente selecciónada. La Contra-Revolución debe mostrar siempre un aspecto ideológico, incluso cuando trata de cuestiones muy menudas y contingentes. Resolver, por ejemplo, los problemas político-partidistas de la Historia reciente o de la actualidad puede ser útil. Pero dar excesivo realce a pequeñas cuestiones personales, hacer de la lucha con adversarios ideológicos locales lo principal de la acción contra-revoluciónaria, presentar la Contra-Revolución como si fuese una simple nostalgia (no negamos, claro está, la legitimidad de esa nostalgia) o un mero deber de fidelidad personal, por más santo y justo que éste sea, es presentar lo particular como si fuese lo general, la parte como si fuera el todo, es mutilar la causa que se quiere servir.

 

 2. Los  “slogans” de la Revolución

 Otras veces estos obstáculos consisten en  slogans revoluciónarios, no pocas veces aceptados como dogmas hasta en los mejores ambientes.

 

 A.  “La Contra-Revolución es estéril por ser anacrónica”

 El más insistente y nocivo de esos  slogans consiste en afirmar que en nuestra época la Contra-Revolución no puede prosperar porque es contraria al espíritu de los tiempos. La Historia, se dice, no vuelve atrás.

Según ese singular principio, la Religión Católica no existiría. Pues no se puede negar que el Evangelio era radicalmente contrario al medio en que Nuestro Señor Jesucristo y los Apóstoles lo predicaron. Y la España católica, germano-romana, tampoco existiría. Pues nada se parece más a una resurrección -y por tanto, de algún modo, a una vuelta al pasado- que la plena reconstitución de la grandeza cristiana de España, al cabo de ocho siglos que van de Covadonga hasta la caída de Granada. El mismo Renacimiento, tan caro a los revoluciónarios, fue, por lo menos bajo varios aspectos, la vuelta a un naturalismo cultural y artístico fosilizado hacía más de mil años.

La Historia, por tanto, comporta vaivenes, ya sea en las vías del bien, ya sea en las del mal.

Por lo demás, cuando se ve que la Revolución considera algo como coherente con el espíritu de los tiempos, es preciso circunspección. Pues no pocas veces se trata de alguna antigualla de los tiempos paganos, que ella quiere restaurar.

¿Qué tienen de nuevo, por ejemplo, el divorcio o el nudismo, la tiranía o la demagogia, tan generalizados en el mundo antiguo?

¿Por qué será moderno el divorcista y anacrónico el defensor de la indisolubilidad?